BIENVENIDA SU OPINIÓN, SU COMENTARIO, SU MIRADA

martes, 8 de marzo de 2011

¿VOS SABÉS CON QUIÉN ESTÁS HABLANDO?


[Publicado en "Diario Registrado" el 19-03-11: www.diarioregistrado.com/index.php?secc=nota&nid=47916&pagina=9


                                                      “Si arrastré por este mundo
                                         la vergüenza de haber sido
                                         y el dolor de ya no ser.”
                                                      Alfredo Le Pera

En una entrevista que Jorge Fontevecchia le hizo a Jorge Lanata, quien fuera referente indiscutible del periodismo argentino alude a un ‘entredicho’ que tuvo con María Julia Oliván. Leyendo la nota advierto que, una vez más, el problema de fondo son las formas: Lanata menciona que, en una entrevista, Oliván lo insultó. De movida, la problemática me desazona por superflua; me resulta más propia de un escandalete de programa de chimentos, de ésos que magnifican los ataques ponzoñosos entre dos divas de teatro de revistas. Pero no es el caso: hasta donde sé, María Julia Oliván no ha hecho teatro de revistas.

Sin embargo, entiendo que Lanata se sienta maltratado si es que efectivamente lo insultaron. Entonces leo la otra entrevista, la que motiva el conflicto. Pero parece que —y no es la primera vez— Lanata me informó mal: durante dicha entrevista, Oliván no insulta a nadie.

Perplejo, me dispongo entonces a revisar —ya que Lanata condena el modo en que Oliván se dirige a él— la manera en que, por su parte, el experimentado periodista y comediante hace referencia a la joven periodista. Y lo primero que encuentro es la apelación al triste recurso del ninguneo: "Yo leía el otro día en perfil.com a una chica que trabajó conmigo”. Aun antes de pronunciar su nombre, Lanata procura desestimar la entidad de quien fuera integrante de su equipo de trabajo, incluyéndola en el magma indiferenciado de las muchas, olvidables, prescindibles ‘chicas’ que trabajaron a su lado.

Molesto él por cómo lo tratan, sin embargo Lanata se permite disparar: “yo no me puedo poner a insultar con María Julia Oliván, que tiene que terminar el colegio”. Más allá de la falacia que cierra la frase (ésta sí genuinamente insultante), pero sobre todo agraviando especialmente a la coherencia, Lanata afirma que él no hará... lo que está haciendo. Le niega a Oliván ‘estatura profesional’ para discutir con él, mientras discute con ella.

Entonces aflora una clave para situar el malestar que, al parecer, aqueja a Jorge Lanata: hay un problema de estaturas. Mejor dicho: de jerarquías. Triste, bochornosamente, a ese talentoso profesional que alguna vez desarticuló la manera tradicional de hacer periodismo, hoy lo indigna que no se respeten las jerarquías: “es como que todo se desniveló”, explicita alarmado, grondonizado, desprovisto de la astucia o el buen gusto que sugeriría callar posición tan conservadora: “tipos que no tienen ninguna trayectoria (…) salen e insultan a otros. Y todo da igual.”

A ver si nos entendemos: 678 no tiene nada que ver con Goebbels. Ni por asomo. Postular dicha homologación es un atentado a la inteligencia. Una elocuente muestra de ignorancia histórica, enunciada sin otra motivación visible que la de confundir giles o lograr que Jorge Rial nos invite a su programa.

En cambio, alarmarse porque “todo se desniveló”, escandalizarse porque “todo da igual”, abominar ‘la mezcla’ y el hecho ‘bochornoso’ de que cualquiera discute con cualquiera, eso sí tiene mucho que ver con el imaginario jerárquico-estamental que la última dictadura quiso imponer en la Argentina. Imaginario a partir del cual había que poner ‘cada cosa en su lugar’.

Hubo un tiempo en que Jorge Lanata no tenía que explicar lo que había dicho. Su palabra se bastaba a sí misma, ‘se la bancaba’ de un modo que muchos admiramos. Hoy, en cambio, Lanata le explica a Fontevecchia: “Cuando yo le digo a este Gobierno: ‘Basta de joder con la dictadura’, ¿qué es lo que quiero decir? Alguien que acaba de llegar al país y no me conoce podría pensar cualquier cosa. Ahora, una persona que me haya visto cinco segundos, no puede confundirse.”

¿Quiere decir que, ante cada declaración de Lanata, voy a tener que repasar su trayectoria? ¿Por qué es necesario que lo conozca para entender / valorar / no malinterpretar lo que dice? ¿Tan débil se ha vuelto su palabra? Sus declaraciones sobre la posición del gobierno nacional en referencia a la dictadura fueron muy desafortunadas. Indefendibles.
(Personalmente, el 20-10-10 manifesté mi opinión al respecto en Página/12: 

Oscar Wilde afirmaba que “experiencia es el nombre que muchos dan a sus errores.” Felizmente no es el caso de Jorge Lanata, cuya trayectoria periodística registra muy saludables aciertos. Sin embargo, cuando un tipo empieza a esgrimir su trayectoria para legitimarse, cuando apela al relato de lo que hizo en el pasado para validar su presente, uno puede permitirse sospechar que lo hace, quizás, porque vislumbra en el horizonte el ocaso profesional del que yo querría que Lanata estuviera lejano, y que el tango —cuándo no— expresó mejor que nadie: “Ahora, cuesta abajo en mi rodada / las ilusiones pasadas / no me las puedo arrancar. / Sueño con el pasado que añoro, / el tiempo viejo que lloro / y que nunca volverá.”

Cuánto desearía yo que esta sospecha se viera desmentida. Pero con argumentos, por favor. No con charreteras ni trofeos polvorientos.



lunes, 1 de noviembre de 2010

EXTRA BRUT


Llorar sostenidamente la muerte de una figura pública ha sido para mí, por estos días, una experiencia del todo novedosa. Más aun, jamás hubiera podido suponer que, por primera vez, la sufriría a propósito de un referente del ámbito político. Nunca he militado formalmente en ningún partido ni agrupación. Tampoco había encontrado motivos para asistir dos días consecutivos a la Plaza de Mayo, y mucho menos para ingresar a la Casa de Gobierno. Jamás, ni por asomo, ningún presidente del que yo fuera contemporáneo había iniciado la construcción de un país tan parecido al que siempre quise habitar. De hecho, yo no conocía lo que era un primer mandatario que efectivamente gobernara, y no se remitiera a aplicar en los trazos gruesos las políticas que le imponían quienes, a su vez, lo gobernaban a él.

Sin embargo, durante años, a ese presidente inédito se lo ha regado de desprecio, de un modo al que no fue sometido, paradójicamente, ninguno de los muy despreciables presidentes que asolaron este país durante varios mandatos anteriores.

Hoy me invade la sensación de que, entre otras macizas razones no tan personales, en el desprecio de muchos políticos y comunicadores hay un velado componente de envidia. No es nada nuevo: está en la genética del cagón envidiar al tipo que tiene pelotas. Por eso la corporación mediática, desahuciada de argumentos (pero sobre-poblada de cagones), intenta por estas horas revestir la pasión que ha conducido la fértil vida de Néstor Kirchner con los ropajes de la irresponsabilidad. No pueden admitir que ese hombre ‘crispado’ tuviera convicciones a las que, literalmente, entregara su vida. No pueden tolerar el contraste con sus propias vidas chiquititas. Por eso cuestionan lo que consideran su ‘irresponsable’ hiper-actividad: porque detestan que tuviera la motivación suficiente para hacer tantas cosas, para intentar transformar tantas realidades, aun corriendo el digno riesgo de dejar en la tarea la propia salud.

Ahora sí podrá permitirse descansar. Y vaya si logrará descansar, como se dice, “en paz”. Infrecuente privilegio del que no gozarán, por cierto, quienes nunca ejecutan una idea propia y arrastran su existencia mediocre, su tenue vida berreta, entre la patraña y la traición, entre la obsecuencia y la hipocresía.

Qué brutos quienes festejaron su muerte. Más allá de la pequeñez moral, de la miseria de sus almas, de la 'mala leche' que adultera y vuelve repugnante el champagne con que celebran. Ante todo: qué ignorantes. Porque hay que ser muy bestia para confundir la desaparición física de un hombre con la muerte política que tanto le desearon.

Parece que todavía no advirtieron la mucha vida que su muerte deja latiendo, revitalizada, no solamente en la vigorosa capacidad intelectual y ejecutiva de la presidenta, sino en todos aquellos a quienes Néstor Kirchner sorprendió con la gloriosa notificación de que la política no era necesariamente el arte de resignarse. Por no hablar de aquellos otros a quienes el país que empezó a despuntar en 2003 les devolvió, nada menos, una parte de su dignidad.

Y esto no es discurso, no es retórica. El día de su despedida, en la Plaza de Mayo, quien haya querido pudo ver de cerca el llanto genuino de los humildes. Sin mediaciones. Sin aparato. Sin “el choripán y la Coca” que las mentes perezosas de los sectores acomodados y la vertiente tilinga de los sectores medios utilizan, como argumento simplista, para desacreditar la vital actividad de la política. ¿Cómo encuadrarían, desde su tosca mirada, al joven del conurbano profundo que lloraba con su pequeño hijo en brazos, mientras me comentaba, los ojos llenos de luz, que llevó al niño a la Plaza para que despidiera al presidente que sacó a su padre de la desocupación? “Siento orgullo”, confesaba este flamante ciudadano argentino, con pudor, como quien estrena una sensación que no termina de permitirse, una palabra que no está acostumbrado a pronunciar.

Lloraron su muerte los mozos de la Casa Rosada. Y esto sí se pudo ver por televisión. Esta vez no pudieron ocultarlo. De aquí en más no podrán ocultarlo.

¿Qué lectura harán de ese llanto tan significativo quienes, por primera vez en medio siglo, al fin, sintieron amenazados sus privilegios? ¿Ya estarán maquinando promover a algún fantoche de ‘la oposición’ que intente venir a decirme que “representa al pueblo”? Por favor, no me hagan cagar de risa.

Para muchos argentinos, la noticia de la muerte de Kirchner y la llegada del censista irrumpieron casi simultáneamente, una silenciosa y petrificada mañana de octubre. Minutos después, ambos hechos quedarían entrelazados y adheridos a la puerta de tantos hogares de este país. Porque esa noche, al regresar de la multitudinaria Plaza del dolor devenido compromiso, miles de argentinos y argentinas volvieron a leer, con tristes ojos renovados, la calcomanía que el censista había dejado en sus puertas. Las uñas de los inefables buitres rapaces no podrán arrancar fácilmente ese adhesivo resignificado en el que seguiré leyendo con emoción, cada vez que entro a mi casa, “GRACIAS POR RESPONDER”.  

miércoles, 27 de octubre de 2010

lunes, 18 de octubre de 2010

AYER NOMÁS

(Publicado en el diario "Página/12", el 20 de octubre de 2010: www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-155358-2010-10-20.html
 

La preeminencia otorgada a la actualidad es inherente al discurso periodístico. Sin embargo, muchas veces, la vocación indeclinable de honrar este mandamiento del oficio parece que habilita la precipitación al informar, autoriza la liviandad en el tratamiento o el análisis, desestima la irrefutable validez de lo ocurrido para comprender lo que ocurre. Mientras tanto, la historia se presenta cada mañana a las puertas de nuestro día.

Semejante a esa articulación del pasado con el presente, la vida de este país se entrelaza de modo inextricable con la del continente que integra. Un continente en el cual, recién insinuado el nuevo milenio, las repúblicas de Venezuela y de Bolivia sufrieron sendos intentos de golpes de Estado. Pero esto ya es parte de la ‘historia’, podrá decirse; información no actual de la que, en consecuencia, la prensa bien puede prescindir.

Hace poco más de un año (¿‘historia’ más reciente, menos ‘histórica’?), en la república de Honduras se produjo un golpe militar que logró superar el estatuto de intento.

Hace sólo algunos días (¡actualidad en estado puro!), se atentó contra la vida del presidente constitucional de la república de Ecuador, en un accionar que tuvo la visible motivación política de producir un golpe de Estado.

No obstante, aun ante dicho escenario, algunos referentes del periodismo argentino cuestionan, a veces con crispado énfasis, la evocación de lo ocurrido en este país -puntualizan- “hace 34 años”. Objeción frente a la cual no podemos sino preguntarnos: ¿Cuándo caduca el pasado? ¿Qué determina que un hecho histórico ya no merezca lugar en ‘la agenda’? ¿Por qué se apela, una y otra vez, al burdo e indefendible tópico según el cual evocar el pasado implica desatender el presente?

Lejos de promover tal descuido, la memoria de los pasos dados ayer despeja hoy la mirada, permitiendo a los pueblos discernir con nitidez entre los caminos que quiere transitar y los pérfidos atajos a los que mejor ni acercarse.

Muy elocuentemente, la historia no tiene fecha de vencimiento.

miércoles, 24 de febrero de 2010

SIN PILOTO DE TORMENTA

(Publicado en Página/12, el 22 de febrero de 2010, bajo el título "Esta vez el agua no baja":
www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/140769-45334-2010-02-22.html

"La otra tarde vi llover
vi gente correr
y no estabas tú."

Esta vez el agua no baja. El ambiguo privilegio que me brinda mi ventana en el séptimo piso me permite comprobarlo. Hace más de una hora que dejó de llover, pero los setenta centímetros de agua acumulados sobre mi calle, en el barrio de La Paternal, permanecen imperturbables. Es inédito. Vivo aquí desde 1999. He visto inundada esta cuadra varias decenas de veces. Pero siempre, cuando para de llover, el agua empieza a bajar. Lentamente, pero baja. Nunca, como en este verano de 2010, exhibió rostro tan hostil el agua que hoy gobierna mi calle.

Prendo la televisión, aprovechando que la empresa que me vende la luz todavía sigue prestando servicio. “Canal 26” me muestra postales escalofriantes del barrio de Palermo. “Crónica TV” me informa sobre los cortes de luz e inundaciones que, por segunda vez en cuatro días, deterioran seriamente la vida en la ciudad. “Canal 9” me ofrece imágenes de hogares porteños a partir de las cuales concluyo que mi situación no es tan grave. “C5N” me recuerda que no funcionan las líneas de subte y recalca el pedido de no sacar la basura. “Canal 13”, por lo general tan solícito a la hora de reseñar el espanto, ha decidido poner en pantalla una película.

Curioso. Cae la tarde de un día laboral, en una jornada muy especialmente noticiable (de ésas que imponen permanentes flashes informativos incluso en los canales no destinados a noticias), y “La Tele” entiende que es buen momento para homenajear el humor del viejo cine argentino. De tal modo que ya no veo gente desesperada, automóviles apilados, ciudadanos iracundos, vecinos peleando a baldazos los estragos de una Buenos Aires que ‘iba a estar buena’, sino las desopilantes peripecias del Negro Olmedo y el Gordo Porcel intentando, con escaso éxito y desafortunadas consecuencias, jugar un partido de básquet. Dentro del film, las imágenes del juego son alternadas con planos de la tribuna, en donde las protagonistas femeninas (Luisa Albinoni y la siempre muy bella Susana Traverso), testigos sonrientes del desbarajuste, observan impasibles el modo en que se despliega, en la cancha, la probada inoperancia de sus pretendidos.


sábado, 10 de octubre de 2009

DESNUDO DE TAPA


Por cierto, no deja de resultar paradójica la recurrente apelación al presunto efecto “amordazante” que animaría la promulgación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. En verdad, en el nutrido (y sin duda que concentrado) ejército de comunicadores que se alistan detrás de esta cruzada discursiva no se advierte mayormente la voluntad de ponderar las reales implicancias de la ley, sino más bien cierta motivación no especialmente racional de invocar un sortilegio. Baste advertir el exiguo despliegue de argumentos que en general acompaña tal consideración, en la que sin embargo se reincide, una y otra vez, hasta el sinsentido propio de la letanía.

La paradoja fulgura en el hecho de que permanentemente incurren en el tópico de “la ley mordaza” representantes de medios cuya voz la sociedad tantas veces hubiese necesitado escuchar; y tantas veces, sin embargo, esos medios callaron. ¿Resulta creíble, en consecuencia, que hoy pretendan erigirse como paladines de la libertad de prensa quienes, en aciagas coyunturas nacionales, optaron por sustraer su voz? ¿Cuán legítimo resulta que invoquen ese valor, desde luego que irrenunciable, aquéllos que incluso durante períodos de institucionalidad lo despreciaron, lo denigraron a veces con bochornoso cinismo, ya no meramente callando sino también profiriendo, con privilegiada amplificación, una palabra falaz, deliberadamente distorsiva de lo que con engañosa inocencia gustan llamar “la realidad”'?
 

Grotesca resulta, en tal sentido, esa pantomima de la dignidad y la ética periodística que por estos días enarbola el Grupo Clarín y difunde a través de su exorbitante red de medios mediante la consigna: LA REALIDAD SE PUEDE TAPAR O SE PUEDE HACER TAPA. Entre decenas que acuden a nuestra memoria, cientos que seguramente se podrían rastrear, tomemos un caso emblemático que convida a revisar el alcance de esa consigna, con pretendido heroísmo esgrimida hoy como un estandarte.
 

El 26 de junio de 2002, un comisario fusiló por la espalda a dos manifestantes, en el hall interior de la estación Avellaneda. Hasta allí, “la realidad”. Realidad respecto de la cual la sociedad argentina (en virtud de la siempre necesaria labor de la prensa) bien podría haber tomado conocimiento directo, cabal, inmediato, puesto que “Clarín” tuvo el privilegio periodístico de ser testigo presencial del hecho.
 

Sin embargo, al día siguiente, el gran diario argentino despreció, consciente y enérgicamente, su hoy defendida proclama de otorgarle a la realidad la portada del matutino. De hecho, en esa ocasión optó por poner en tapa una foto especialmente escogida para encubrir los hechos. Aun poseyendo el testimonio irrevocable de otras imágenes más fidedignas, definitivamente reveladoras, de ésas que jamás desaprovecha el periodismo serio (puesto que tan afines resultan a la vital y siempre saludable vocación de informar), “Clarín” eligió poner en tapa una foto “movida”, voluntariamente confusa, no tanto representativa de lo ocurrido sino fantasmagórica, ambigua, elocuentemente más destinada a tapar la realidad que a ofrecer la realidad en tapa.
 

De todos modos, la ambigüedad de la imagen eventualmente podría ser desbaratada por la palabra. Pues bien. No es el caso: LA CRISIS CAUSÓ DOS NUEVAS MUERTES fue el ofensivo titular de tapa, inefable, escandaloso, nauseabundo, mediante el cual “Clarín” informó esa mañana lo sucedido a sus muchos, muchísimos lectores, a quienes cada día impone su estrecha, acotada, nunca desinteresada agenda, en la cual jamás figura la menor referencia a la premisa insoslayable de que el éter no tiene propietario.

domingo, 4 de octubre de 2009



"La tarde se ha puesto triste
y yo prefiero callar."
(Daniel Toro, Zamba para olvidar)

domingo, 23 de agosto de 2009

NO ESTOY DE ACUERDO CON EL GOLPE, PERO...



La entrevista va terminando. El periodista se dispone a realizar sus últimas preguntas. El flamante diputado electo sonríe, habituado a la vocación de seducir. Yo creo entender que el periodista desperdicia el tramo final de la nota cuando, por toda pregunta y a la espera de una opinión, sencillamente pronuncia: “Honduras”. Es para mí obvio que, más allá de su pensamiento, cualquier personalidad pública con actuales o inminentes responsabilidades institucionales, ante esa consulta no hará —no podrá hacer— otra cosa que condenar la forzada interrupción del orden democrático sufrida en ese país.
 
Pero, evidentemente, la ‘pregunta’ del periodista Ernesto Tenembaum no es ociosa si quien está enfrente es Francisco de Narváez. Porque, arrojada esa palabra sobre la mesa, el compañero de filas de Mauricio Macri inicialmente chapotea en el lodazal de una respuesta en la que alude a “una situación compleja”, que se resolverá “yendo a una elección”, para luego dirigirse con menos ambigüedad hacia su posicionamiento, al señalar que “desde la presidencia de Honduras se intentó la re-reelección indefinida (…) y hubo una rebelión frente a eso”.
 
Desde mi casa, sentado frente al televisor, me cuesta dar crédito a lo que veo y escucho. En todo caso me gratifica comprobar que a Marcelo Zlotogwiazda evidentemente lo invade una sensación semejante, dado que acto seguido pregunta: “¿Eso es lo primero para decir sobre Honduras? ¿Y no que hubo un golpe de Estado?”
 
Y allí se activa esa mutabilidad gestual que caracteriza el rostro del diputado con aspiraciones —confesadas— a gobernador (¿habrá también aspiraciones no confesadas?), quien puede pasar en una fracción de segundo de la afable sonrisa pintada de dientes parejos a la mueca ácida que destila bilis. Tengamos en cuenta que quien acaba de cuestionar su respuesta es el mismo periodista que, hace un par de minutos, ante la referencia a la ‘eficacia’ contable del multi-millonario patrimonio del entrevistado, no se esmeró en que su tono ocultara desprecio al momento de manifestar: “Es un escándalo lo poco que paga en impuestos gente como vos.”
 
Pero en este punto, llamado a ponderar prioridades a propósito de la situación en Honduras (esto es: qué es lo primero ‘que hay que decir’ al respecto), De Narváez informa, categórico, concluyente: “En Honduras, lo primero que hay que decir es que tiene un 82 % de pobreza”. El breve pero tenso y palpable silencio que sucede a estas palabras será interrumpido cuando un Zlotogwiazda más bien azorado, en tono muy bajo, sencillamente pregunte: “¿Y lo segundo…?”
 
“Y lo segundo es que ese golpe de Estado tiene un argumento (que yo no lo comparto), pero cuando vos mirás la secuencia de las cosas, el gobierno que fue afectado por esa condición estaba una vez más tratando de modificar la Constitución”.

Caramba… Coincidirá el lector en que, de movida, no resulta muy evidente que De Narváez no comparta el argumento del golpe. ¿Cómo es posible que, a la hora de pronunciarse sobre un episodio universalmente condenable, señale una vez y luego insista en enfatizar las políticas presuntamente inapropiadas que, a su entender, condujeron a ese desenlace? Las políticas —aclaremos no tan de paso— de un gobierno constitucional que fue desalojado por la fuerza de su país.
 
De todos modos, para que no ‘lo malinterpreten’, hacia el cierre de la nota el entrevistado se encarga de ‘dejar las cosas en claro’: “No estoy de acuerdo con lo que pasó en Honduras. Pero también estoy viendo que, en el proceso de Honduras,…”
Suficiente. Gracias. En esa declaración, luego del coordinante adversativo "pero", lo que siga es detalle. Por si aún hacía falta, ha quedado definitivamente despejada toda ambigüedad: ‘No estoy de acuerdo pero…’.
 
¿Pero qué, De Narváez?
 
Y sobre todo: ¿cómo pero?

jueves, 6 de agosto de 2009

¿SÓLO FÚTBOL?


(Página/12, “Carta de lectores”, 30 de septiembre de 2004)


Ya está. Parece que lo logramos. Ya podemos dormir tranquilos. Porque efectivamente resulta ‘tranquilizador’ que Marcelo Bielsa haya renunciado a la dirección técnica de la Selección Argentina. A nosotros, ‘los argentinos’, nos gustan más bien los tipos carismáticos. Y aunque solemos pedir a gritos un poco de honestidad, off de record la honestidad nos provoca cierto candor. Cuántas veces ‘los argentinos’, al momento de decir que un tipo es honesto, estamos pensando en verdad que es un boludo. De allí que, en muchos casos, en referencia al corrupto, se nos dibuja una media sonrisa al momento de expresar, no sin cierta admiración, “¡Éste sí que la hizo bien, eh!”
 
A ‘los argentinos’ —parece— la seriedad nos desagrada. Preferimos la picardía, el guiño cómplice, el circo. Por eso en 1995 reelegimos a Carlos Menem, permitiéndole que gobierne diez años y medio los destinos de este país incomprensible. Por la misma razón somos también estruendosamente eficaces a la hora de hacerle la vida imposible al que se aparte de la corrupción que al parecer nos constituye, quien de ese modo nos obliga a mirar la cara que tenemos. Necesitamos referentes cuestionables, que nos permitan vivir sin cuestionarnos a nosotros mismos. Tendemos a identificarnos, por ejemplo, con el temperamental (un Passarella), con el atorrante venido a más (un Ramón Díaz), con el especulador de barrio (un Bilardo), pero sobre todo veneramos el tan contemporáneo valor de la Eficiencia, cuyo principal comisionado por estas tierras es el hoy un tanto menos exitoso Carlos Bianchi.
 
Preferimos a cualquiera antes que a Marcelo Bielsa. Un tipo que, con su conducta y por contraste, nos muestra lo que somos. Un tipo obstinado que aparentemente no quiere entender que a este mundo lo rigen los números. Curioso: aun desde el presunto desprecio de los números, su Selección ganó 53 partidos, empató 18, perdió 10, teniendo así una efectividad del 73 %, superior ésta inclusive a la del —hasta hoy con razón— por nadie discutido Alfio Basile.
 
Rápido: unámonos para decretar que Bielsa era un iluso idealista nacido en un mundo que no alcanza a comprender. Aprovechemos que somos muchos. Amparémonos en la cantidad. Acallemos la voz del que quiso decir algo distinto. Que nada nos despierte de la imperturbable pesadilla de esta patria condenada.


lunes, 13 de julio de 2009

VENENO DE HUMANIDAD



(Texto publicado en el Nº 1 de la revista "La tiza ambulante")

Una mañana soleada, hace ya algún tiempo, en una plaza del barrio de La Paternal, en la ciudad de Buenos Aires, una señora me explicaba por qué varios bancos estaban rotos. Su explicación era escandalosamente sencilla: los bancos estaban rotos porque “la gente es mala”. Cada dos palabras, con gesto amargo, con un desencanto que los años lograron mutar en agria resignación, la señora repetía esta frasecita mediante la cual manifestaba, en definitiva, su terror ante el mundo; un mundo en donde el ‘otro’, el prójimo, es vivido como una amenaza.

¿Puede afirmarse que, efectivamente, la gente es mala? Mediante semejante apreciación, ¿no se estará confundiendo lo que nos gusta llamar la ‘esencia’ del ser humano con lo que han fomentado en él determinadas circunstancias históricas? Por cierto, la filosofía moderna (y, especialmente, la filosofía política), han frecuentado insistentemente este debate.

De resonancia similar a la proferida por aquella señora, en ocasiones se deja escuchar, asimismo, la frase “Los seres humanos son naturalmente egoístas”. ¿Estamos muy seguros de eso? ¿No estaremos allí, nuevamente, simplificando un poco las cosas? ¿Estamos en condiciones de afirmar que el egoísmo es parte de nuestra naturaleza?

Desde luego, hay quienes están firmemente interesados en que creamos que esto es así. Todas las variantes del fascismo, por ejemplo (entre las cuales se encuadra, en nuestro medio, un nutrido puñado de cuasi–periodistas criados bajo el ala sucia del menemismo), entienden que el hombre es un animal naturalmente peligroso y agresivo, esencialmente individualista. De allí que lo primero que intentan infundir en la población es la desconfianza hacia el vecino. Lo cual, no tan de paso, robustece un precepto básico para el funcionamiento del sistema capitalista: a saber, lograr que los semejantes (los próximos, los cercanos, los potencialmente afines) se sientan diferentes y, en función de ello, enfrentados.

En tal sentido, la culminación exitosa de este operativo es que la señora de mi barrio sienta miedo; que el miedo se imponga como el más preponderante de sus sentimientos, de tal manera que ella advierta la imperiosa necesidad de invocar a una figura política omnipotente, purificadora, despiadada, que la proteja.
Mediante esa estrategia, nada menos, Hitler llegó al poder en Alemania. Mediante la misma estrategia, de hecho, los militares argentinos consiguieron que muchos de sus compatriotas los convocaran a la escena política.

Y esa estrategia vive del culto de lo que expresa una palabra que desde hace muchos años desayuna con nosotros por la mañana, sale con nosotros a la calle, viaja en automóvil o colectivo, nos acompaña al trabajo, vuelve con nosotros por la noche e incluso se inmiscuye entre nuestras sábanas. De pie, señoras y señores, que me estoy refiriendo a Su Santidad en ejercicio: la SEGURIDAD.

El mundo es inseguro. La vida es insegura. ¿Quién podrá defendernos?

Por mi parte, tengo la firme convicción de que, en cualquier caso, el mundo es un poquito menos peligroso que lo que los ideólogos del espanto logran hacerle creer a la señora de mi barrio.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

ESO ACÁ NO PASA



(Nota escrita en junio de 2007, días antes del balotage porteño. )

He nacido, vivo y siguen sin asomar buenas razones para no creer que me voy a morir en la ciudad de Buenos Aires. De tal modo que integro ese colectivo por lo menos abigarrado que es el electorado porteño; el mismo que ha sabido practicar la condescendencia —no siempre exenta de vanidad— al momento de otear los comicios otrora celebrados en esas provincias ‘inconcebibles’ en las que se imponía un Bussi, por ejemplo.

Necesito manifestar que me hostiga una falacia: aquélla, hoy tan en boga, según la cual el debate ideológico 'ya fue'. Quienes agitan esa bandera sostienen, con pasmosa simpleza, que hay que pensar ‘en positivo’, que hay que mirar ‘para adelante’, que hay que preocuparse por ‘los problemas de la gente’. ¿Cuáles problemas? Y, bueno... los baches en el pavimento, por ejemplo; uno de los más terribles problemas que flagelan la vida de nuestra ciudadanía, sobre el que asienta su campaña quien parece que va a gobernar esta ciudad.
 

Me sorprende (o no tanto) que la ‘pensante’, la auto-proclamada ‘culta’ Buenos Aires no advierta el carácter estrepitosamente ideológico de esta pretendida postura des-ideologizada, de este mal llamado pragmatismo. Cuesta admitir que los porteños consideremos que sea posible actuar (y, más aún, ¡actuar políticamente!) por fuera de la ideología. De hecho, una vez que queden atrás las encuestas, los debates más o menos guionados, los comicios, los escenarios montados para la ocasión, cuando haya que decidir invertir en una escuela pública (o bien considerar esa inversión como un gasto evitable), cuando haya que optar por reparar una plaza (o bien venderla para que se monte un centro comercial), la ideología, inesquivable, impondrá todo su rigor. Y esto se evidencia de modo palmario, muy pero muy especialmente, en el paradigmático aspirante a Jefe de Gobierno que ofrece el PRO: una figura que destila ideología incluso en el frío instante en que sonríe.
 

¿En serio creemos que es posible des-ideologizar lo que hoy se gusta llamar ‘la gestión’? ¿De verdad estamos dispuestos a aceptar el burdo y peligroso axioma de que gobernar es tan sólo "administrar"? ¿Tenemos registro histórico de lo que ha promovido, no sólo en nuestro país, tan fatídica equivalencia? ¿De verdad estamos dispuestos a sostener que el PRO encarna la ‘nueva’ cara de la política? ¿Cómo podemos admitir que la nada inoportuna evocación de los antecedentes de un candidato constituya un “ataque”, una “agresión”?
 

Filosos los espejitos de colores en los que no logrará reconocer su rostro mi hermosa, mi entrañable Santa María de los Buenos Aires, ciudad de pobres corazones.