BIENVENIDA SU OPINIÓN, SU COMENTARIO, SU MIRADA

martes, 1 de julio de 2014

EL USO DEL DOLOR ANTE EL DEBATE DE LA LEY

Nota publicada en Diario Registrado, el 6 de mayo de 2014:


            Los exaltados paneles televisivos alrededor de los llamados “linchamientos” fueron el aperitivo mediático luego del cual (según la secuencia que propone una agenda muy sugestiva) nos disponemos a degustar el tratamiento de la eventual reforma del Código Penal. Sin duda, se trata de dos temáticas que involucran fuertemente a la ciudadanía. No obstante, ambas presentan un rasgo que condiciona la validez de su abordaje en un medio televisivo que, mayormente, no fomenta debates que comprometan la razón, sino la emoción.
            Ocurre que ambas temáticas reclaman una reflexión sobre la ley. Y ésta no puede (ni debe) compartir la misma mesa con la emoción. De allí la contrariedad que surge al incluir, en esos paneles presuntamente destinados al debate, a familiares de “víctimas de la inseguridad”. Por supuesto, frente a un crimen, desatinado sería impugnar el derecho de los familiares a manifestar públicamente su dolor. Sin embargo, esta corroboración tan evidente no nos exime de preguntarnos: en el contexto de lo que suele presentarse como un espacio para el intercambio de ideas, ¿qué argumento se puede esgrimir ante quien atraviesa la intensa conmoción de haber sufrido una violenta desgracia personal? ¿Puede acaso proponerse, en esas mesas de discusión, el más atinado y aplicable de los razonamientos sin que éste adquiera, tal vez, el carácter de una ofensa? Para el vigente paradigma televisivo, que provoca y celebra el derramamiento de lágrimas, la descarnada exhibición del testimonio emotivo impone una legitimidad mediática que, entre otras cosas, convalida la clausura de lo que ya no podrá ser un debate.
            No es inoportuno recalcarlo: jamás un sentimiento o un estado de conmoción han sido buenos redactores o promotores de leyes. Ni el dolor, ni la angustia, ni el miedo. Menos aún el deseo de venganza. No obstante, a un padre devastado, a una madre al borde del desmayo, se los expone para que se pronuncien (ante la sociedad y pañuelo en mano) sobre cuestiones cuya consideración requiere, al menos, neutralidad, sosiego, distancia.
            Es en esas situaciones de honda tristeza y abatimiento que hace su entrada, sigiloso, subrepticio, el pensamiento de derecha. Por cierto, el fenómeno no es novedoso: históricamente, el pensamiento de derecha se alimenta del dolor humano. De tal manera, como hemos analizado en un trabajo de reciente publicación (“La noticia televisiva: resplandor de un discurso inquietante”), muchas veces la explotación sentimental deviene manipulación política.
            Este operativo, advertimos, se consuma mediante la turbia tarea de convertir el dolor en odio. Y se aplica, desde la pretendida apelación a cierto ambiguo “sentido común”, sobre quienes aceptan y propagan esa estandarizada reprobación de la actividad política, que tan frecuentemente se invoca.
              En los próximos días, el “debate” mediático sobre la posible reforma del Código Penal nos enfrentará, una vez más, a ese discurso que no logra superar la paradoja que lo constituye: un discurso que, por un lado, manifiesta su crispada condena a la “sucia” labor de la política y a la “nociva” injerencia de las posturas ideológicas sobre la vida ciudadana; pero que, por otra parte, bien se cuida de no declarar sus expectativas definitivamente políticas, mal se empeña en esconder su desbordante ideología.

martes, 24 de junio de 2014

EL PROCESO DE ESTIGMATIZACIÓN


[Publicado en Página/12 el 16 de abril de 2014: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-244229-2014-04-16.html]



            Hay cierto esquema interlocutivo que preside el discurso periodístico en el marco de la televisión comercial. Ese esquema podría graficarse mediante la siguiente secuencia: “De Nosotros para Ustedes sobre Ellos”. Esto es: hay un Nosotros que emite, por ejemplo, la noticia televisiva (el periodista, digamos); hay un Ustedes al que la noticia se dirige (“los vecinos”, “la gente” o cualquiera de esas frecuentes muestras de vaguedad nominal que, en todo caso, confluyen alrededor de la clase media); y, por último, hay un conflictivo Ellos, prototípico referente sobre el cual se asienta, en particular, la noticia policial.
            Destaquemos que la construcción mediática de la figura de Ellos se organiza a partir de un vigoroso proceso de estigmatización. De hecho, tres rasgos muy específicos suelen caracterizar la percepción que se tiene de Ellos: son jóvenes, son pobres, son morochos. Observemos que, elocuentemente, el delito juvenil ocupa un destacado lugar en el ranking de preocupaciones que asolan el buen funcionamiento social. En segundo lugar, los medios privados alientan a diario la muy simplista presunción de que la marginalidad que impone la pobreza conduce, irremisiblemente, a la marginalidad del delito. Por último, la escasamente verbalizada consideración del color de la piel asiduamente es utilizada por el discurso periodístico como signo congénito de notable alcance estigmatizante.
            Estos fenómenos, a los que nos hemos referido en un trabajo de reciente aparición (La noticia televisiva: resplandor de un discurso inquietante), conviven en la televisión argentina con la presunta necesidad profesional de espectacularizar incluso los formatos no ficcionales. De tal modo, en el ámbito de la televisión comercial, muchas veces resulta atrayente, para el periodismo, proponer que cede la palabra a Ellos.
            Adviértase que este operativo discursivo no se practica sino desde la necesaria conservación del estereotipo creado. Como sea, Ellos siempre deben resultar temibles, irreverentes, irrecuperables. Ellos “atentan contra la sociedad”, expresión mediante la cual se los sitúa en una tranquilizadora exterioridad; de tal modo se insinúa que la vida social se ve afectada en su funcionamiento por la injerencia nociva de elementos que le son ajenos. Esto es: si se afirma que “atentan contra la sociedad”, pues entonces se está presuponiendo que no la integran.
            Diríase que, para el discurso hegemónico de la prensa comercial, lo importante es mantener esa figura. Fuera de ello, parece que resultara irrelevante luego si su representación está siendo escenificada, o si a la salida de un estudio televisivo los está esperando —nada ficticia— la policía.


martes, 17 de junio de 2014

LA CRUZADA DE LOS INGENIEROS



[Publicado en Página/12 el 9 de abril de 2014]
http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-243714-2014-04-09.html

            A las 22.27 del jueves 20 de enero de 2011, a propósito de un resonante “caso policial” ocurrido por esos días, el animador televisivo Eduardo Feinmann formuló frente a cámara la siguiente pregunta: “¿Qué hacemos con las criaturas asesinas, como la que mató al ingeniero Barrenechea?” Entre varias líneas de reflexión que abre el interrogante (la inconsistente alusión a cierta esencialidad criminal, la ambigüedad de un “nosotros” con aparentes competencias para ejecutar “acciones” de algún tipo), nos interesa señalar el siguiente fenómeno: formulada la pregunta, el animador no ofreció a continuación ninguna respuesta. El interrogante quedó flotando, turbio, suspendido, dejando a los televidentes la tarea de responderlo. Complete usted el casillero vacío. Y, sobre todo, tache lo que no corresponda.
            Difícil no evocar en este punto al ingeniero Santos, cuyo emblemático “caso” promovió, en 1990, un debate en el que se privilegió la propiedad privada que los asaltantes intentaron vulnerar (a saber, el pasacasete de un automóvil) por sobre la vida que el ingeniero les quitó. El rumbo de aquel debate lo orientaron, en buena medida, reconocidos exponentes de la prensa dominante. Como bien nos lo recuerda Gabriel Kessler, “yo hubiera hecho lo mismo” fueron las incalificables palabras mediante las cuales —sobre la “acción” fatal ejecutada por el ingeniero— en aquella ocasión se pronunció al respecto Bernardo Neustadt, por entonces influyente y oscura estrella del firmamento periodístico argentino.
            Lo cierto es que hay determinadas actividades profesionales cuyo desempeño habilita considerables niveles de inmunidad periodística. Desde luego, a propósito de esas profesiones (la de empresario, la de arquitecto, muy especialmente la de ingeniero), nada acredita cuestionar su mero ejercicio o estatuto profesional. Más bien nos referimos a los efectos simbólicos que su referencia provoca en el imaginario de los sectores a los que, prototípicamente, se dirige la prensa comercial.
            Tomemos un titular como el que, por ejemplo, ofrece el matutino La Nación el 25 de noviembre de 2009: “Un empresario mató a dos delincuentes”. ¿A qué obedece allí la especificación de la actividad profesional del homicida? ¿Por qué, respecto del individuo en cuestión, se informa adicionalmente qué hace (esto es, a qué se dedica), más allá de referir lo que ha hecho (matar a dos hombres)? ¿Acaso esto último no es lo que constituye la noticia? ¿El hecho de que un empresario mate delincuentes resulta menos grave (y, correlativamente, menos condenable, menos punible), que el hecho de que un hombre mate a dos hombres (que ha sido, en definitiva, lo que ocurrió)?
            Si articulamos estas muestras dispersas de la labor periodística que hemos tomado (la primera de las cuales se remonta a 1990) reconocemos la sostenida vigencia de un discurso que, por cierto, torna grotescas las encendidas defensas profesionales que algunos periodistas esgrimen por estas horas. Defensas apoyadas, sobre todo, en la simplista premisa de que los “hechos” sociales se producen espontáneamente (y que, por ello, la inocua labor del periodismo sólo consiste en reproducirlos). En tal sentido, durante un intercambio radial en el que Adolfo Pérez Esquivel reclamaba, por estos días, que la prensa no avivara el fuego desatado de la presunta furia ciudadana, el periodista Jorge Lanata intentaba chicanearlo con muy visible tosquedad argumental: “¿Vos proponés no informar sobre lo que está pasando?”.
            Una vez más, confirmamos un rasgo paradójico que habita el discurso de la prensa comercial, al que nos hemos referido en un trabajo de reciente aparición.[1] Esto es: en su declarado afán de combatir “la inseguridad”, el periodismo hegemónico no se cuida de no alimentarla. ¿Se puede manifestar preocupación por “la inseguridad” cuando, por estas horas, se ha llegado a “comprender”, justificar y alentar la violencia más cruel y homicida? Más aún: ¿es “la inseguridad” lo que realmente preocupa? ¿Preocupa lo que hoy se gusta llamar “el retiro del Estado” (al que esos discursos reducen a su dimensión policial)? ¿Lamentan el presunto retiro del Estado los portavoces de los grandes emporios mediáticos, cuyo horizonte es recuperar el Paraíso Perdido de la Argentina desregulada? ¿Lo lamentan o, más bien, lo reclaman con enérgica virulencia? ¿No será que, en verdad, lo que inquieta a los sectores concentrados es la sospecha de que —aun con sus falencias y desajustes, con sus tareas de pendiente resolución— ha desembarcado por fin, en nuestro país, la indeclinable vocación redistributiva de un Estado que, lejos de estar retirándose, ha llegado para quedarse?





[1] Marcelo Arias acaba de publicar La noticia televisiva: resplandor de un discurso inquietante (Buenos Aires, Biblos, 2014).

jueves, 22 de noviembre de 2012

LA RUTINA DEL PRIVILEGIO



            Asumo que, para muchos lectores, el siguiente relato resultará escalofriante. Otros, en cambio, acaso lo encuentren más bien pintoresco. No descarto, incluso, que a algunos les provoque una profunda indiferencia. En todo caso, un aspecto no reviste discusión: del hecho que voy a referir hay, aproximadamente, una veintena de testigos. Pues bien: ninguno de ellos podrá desmentir este relato.
            En un evento empresarial al que asistió a fines de octubre, la novia de mi amigo Rafael se ganó una cena para dos personas en el Hilton Buenos Aires Hotel. Rafa es un pibe de barrio, que alquila un dos ambientes en Floresta; Luciana se dedica a la gastronomía y estudia portugués; planean casarse el año próximo. Lo cierto es que el jueves 8 de noviembre mi amigo se puso su mejor camisa, se encontró con su novia y ambos se dirigieron, contentos pero un poco intimidados, al fastuoso Hilton de Buenos Aires, que ninguno de los dos conocía.
            Mi amigo me cuenta que el salón, el mobiliario, los detalles decorativos, los platos que degustaron y la atención recibida le parecieron, francamente, excepcionales. Tal vez le provocaba cierta incomodidad, me dice, que su intento de luquearse para la ocasión (la camisita, el pantalón de vestir, algo gastado pero todavía en carrera) no había logrado estar a la altura de las circunstancias: indisimulablemente, desentonaba con la intachable elegancia de los demás concurrentes.
            Sin embargo, alrededor de las 22.30 ingresa al salón un grupo de tipos en pantalones de jeans. Rafa me comenta que, en ese momento, su novia y él se sintieron algo más distendidos. 'Parece que no somos los únicos sapos de otro pozo; esta gente es como nosotros, que no somos de acá, que no conocemos el paño.'
            Pero hay un detalle raro: los tipos saludan al camarero por su nombre de pila. Y además, para reforzar la extravagancia de la situación, estos tipos de alrededor de cuarenta años traen cacerolas bajo el brazo. De hecho, se sientan y apilan las cacerolas sobre una silla que el camarero, solícito, agrega rápidamente a la mesa.
            Repito la imagen, porque entiendo que lo merece: cacerolas apiladas sobre una silla de diseño exclusivo en el muy lujoso restaurant del Hilton Buenos Aires Hotel, cuando al 8N sólo le quedan un puñado de minutos y los movilizados ya se han desconcentrado.
            Rafael me cuenta que desespera por escuchar la charla de los comensales manifestantes. Pero está lejos (vaya si lo está….). Alcanza a reconocer las botellas de vino que, servicial, el camarero escancia, una y otra vez, en las copas de fina cristalería. Y puede ver claramente, con la llegada del plato principal, que los tipos brindan. Rafa me dice que, llegado ese punto, la distancia le juega a favor: de ningún modo querría escuchar los deseos que se formulan en voz alta en esa mesa, cuando esas manos empuñan esas copas que chocan para que, en el golpe del cristal, baile el vino que alojan botellas de cuatrocientos mangos.
            Al presenciar ese brindis, mi amigo y su novia entienden que arriban al pico máximo de su estupor. Pero se equivocan. Porque todavía los encuentra allí, disfrutando del postre, el momento en que los tipos pagan y se levantan, recogen sus cacerolas y abandonan el salón, entre risas fuertes y voces elevadas. Rafael me cuenta qué claras, qué nítidas, ahora sí, qué sencillas y contundentes y significativas le resultan las palabras con las que uno de ellos se despide, ya a punto de atravesar la puerta y con la naturalidad que brinda la rutina, al pasar por delante de la respetuosa reverencia del camarero:
            —Chau, gracias. Hasta mañana.


jueves, 2 de agosto de 2012

"CLARÍN" NO MIENTE


 
     
         Uno de los principales ingredientes de la receta democrática es la existencia de una prensa opositora. De hecho, el ejercicio de la ciudadanía se ve debilitado si la voz oficial no recibe el necesario contrapeso de voces disonantes; voces que señalen medidas de gobierno eventualmente improcedentes, que adviertan posibles rumbos esquivos de una gestión, que colaboren en la tarea de corregirlos. No obstante, en la Argentina, bajo el rótulo habilitante de “prensa opositora”, hoy se incluyen emprendimientos mediáticos a los que resulta poco atinado atribuir tan saludable designación.
Cierta idealidad reclamaría, tal vez, que el periodismo de oposición denuncie los ‘equívocos’ y reconozca los ‘aciertos’ de los funcionarios del Estado. Sin embargo, sabido es que la pretensión de idealidad conduce al desencanto; y que, en el mejor de los casos, las prensas opositoras del mundo denuncian con fervor los equívocos pero, en general, callan o minimizan los aciertos.
            Sobre este punto, hoy la Argentina ofrece un escenario vistoso, a su modo patético, del que cabría rastrear en qué medida se registran antecedentes en la prensa de otras latitudes. Por cierto, no estará aportando un gran hallazgo quien afirme que, en nuestro país, una de las principales voces disonantes la emite hoy el diario “Clarín”. No obstante, la muy rudimentaria vocación profesional que alienta por estos tiempos la actividad periodística de este matutino dificulta otorgarle el digno rótulo de “prensa opositora”. Para ello sería necesario, por lo pronto, que dicho medio gráfico —autoproclamado como “el gran diario argentino”— no reduzca su labor, de modo sistemático, a la dificultosa actividad argumentativa de presentar como un desacierto cualquier medida que adopte el actual gobierno constitucional; ni se entregue, una y otra vez, al turbio arte de responsabilizar al Ejecutivo por toda desgracia individual o tragedia colectiva que, con esmero y delectación, el diario pueda lucir en su portada.
            Quien escribe estas líneas jamás pisó una redacción. Desconoce, por ejemplo, el modo en que se resuelve el tratamiento que se le dará a los ‘datos’ sobre los que se construirá la noticia. Le consta, en todo caso —entre múltiples ejemplos que se podrían postular—, que una fría tarde de julio de 2012 en la redacción de “Clarín” se tomó conocimiento de que el gobierno nacional destinaría $ 800.000.000 para mejoras efectivas en el Ferrocarril Sarmiento; anuncio a partir del cual se iniciaría, por fin, un proyecto de obra que —históricamente reclamado por la ciudadanía— lleva décadas de sucesivas postergaciones bajo gobiernos de todos los signos políticos que condujeron este país. De hecho, hace algunos meses, cuando se produjo la llamada “tragedia de Once”, durante varios días “Clarín” demandó airadamente al gobierno nacional medidas para mejorar la calidad del servicio ferroviario.
            Sin embargo, tras tomar conocimiento de semejante anuncio por parte del Ejecutivo (y al cabo de —suponemos— alguna inefable y desopilante reunión de sus más distinguidos profesionales del periodismo independiente), “Clarín” resolvió informar, como titular de tapa, la siguiente noticia: NO CIRCULARÁ POR LA NOCHE NI LOS DOMINGOS EL TREN SARMIENTO.
            Y aquí aflora el concepto que da título a esta nota. Porque ya no se trata tanto de que “Clarín” mienta. O, en todo caso, no es eso lo más grave en este punto. 
          “Clarín” no miente. “Clarín” subestima. 
         Subestima a sus lectores; y, con ellos, a una gran parte de la sociedad argentina. ¿Podría acaso sostenerse, con un poquito de honestidad intelectual, que la decisión de informar los ‘hechos’ de esa manera no constituye poco menos que una burla?
Elocuente y lamentablemente, advertimos que la designación de “prensa opositora” le queda grande a este matutino cuyo nombre evoca ese instrumento musical de pletórica estridencia, de inevitables resonancias castrenses, de poderoso sonido que se propaga con inclemente amplificación, al amanecer, procurando interrumpir el sueño de los que —con aciertos y con equívocos, claro— se entregan diariamente a la gratificante tarea de construir una Argentina mejor. 

viernes, 1 de junio de 2012


Comprender el funcionamiento del sistema capitalista tan sólo requiere mirar con detenimiento esta fotografía. 

Ay, si esa chica tan sólo abriera un poquito los ojos.

lunes, 15 de agosto de 2011

PREDICCIONES



Publicado en "Diario Registrado", 28-7-11:

 Finalmente se cumplió la predicción. No es que la hubiera desestimado, pero confieso que no esperaba que ocurriera tan pronto. Hace pocos días, en un aula de una universidad nacional, hice mención del programa televisivo que durante años condujo el periodista Bernardo Neustadt. Lo comenté con ligereza, como quien presupone que su interlocutor conoce el paño. Sin embargo, al advertir que el promedio del curso no superaba la edad de 22 o 23, me encontré formulando en voz alta una pregunta inédita cuyo sonido no dejó de sorprenderme: “¿Saben quién fue Bernardo Neustadt?”
El bochornoso silencio en el que naufragó mi pregunta (de las mayores delicias que me regaló la vida universitaria), me hizo recordar una nota que Fito Páez publicó en Página/12 hace alrededor de 20 años. En aquella época Bernardo Neustadt (por entonces oscura estrella del firmamento periodístico argentino) no desperdiciaba ocasión para arremeter contra un Diego Maradona que, en aquellos tiempos, dentro de la cancha desparramaba felicidad y, fuera de ella, respondía sin red, ante cualquier micrófono que le pusieran, todo lo que le preguntaran. Desde luego, en aquel ataque sostenido y virulento del periodista político al jugador de fútbol relucía, consecuente, esa hostilidad que la vertiente tilinga de la clase media argentina regala a todo morocho que logre, sin despeinarse, lo que ella persigue y a veces no logra ni dejándose humillar.
Lo cierto es que, en aquella ocasión, Fito Páez anunció que no pasaría mucho tiempo sin que la turbia figura de Bernardo Neustadt cayera en el más insondable olvido. Mientras que, por el contrario, el músico rosarino pronosticaba que la memoria de Diego Maradona (la admiración, el cariño, la leyenda) perviviría atravesando generaciones.
Pintorescos paralelismos de la historia, por estos días el periodista y conductor televisivo Daniel Tognetti auguraba que, dentro de cien años, un pibe aprenderá a tocar la guitarra escuchando un tema de Fito Páez (será ¿“Sable chino”, “Instant-táneas”, “La Verónica”?); mientras que, en cambio, la memoria colectiva de Mauricio Macri a lo sumo alcanzará, en el futuro, para darle nombre a un pasaje del Barrio Parque.
El cumplimiento de la predicción de Páez ya está en curso: para Bernardo Neustadt, el futuro ya llegó. En cambio, sobre la predicción de Tognetti por el momento no podemos pronunciarnos. En todo caso, hay algo que podemos afirmar. Y que no nos quepa la menor duda: cualquier despropósito que la ciudadanía porteña cometa en el presente (como revalidar a la actual gestión, por ejemplo) , la historia lo sabrá poner en su lugar.

jueves, 30 de junio de 2011

DERECHO DE ADMISIÓN


Nota publicada en Página/12, el 30 de junio de 2011, bajo el título "Una frase perturbadora": www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-171128-2011-06-30.html
 
Las calles de Buenos Aires ya se visten de campaña. Despliegan rostros de candidatos que sonríen o permanecen serios, ofrecen consignas escuetas, manifiestan lealtades cromáticas. En medio del creciente cotillón electoral, el gobierno de la ciudad se ha estado promocionando mediante una serie de afiches que reproducen distintas tipologías de ciudadanos a los que se notifica: “VOS SOS BIENVENIDO”.
El mensaje procura ser amable. No obstante, perturba en la frase el uso del pronombre “VOS”. Más aún si tenemos en cuenta la sólida vocación discriminatoria de la que el gobierno porteño ha dado pruebas abultadas, el hecho de que se especifique que “VOS” sos bienvenido presupone la afirmación, lamentable pero elocuente, de que otros ciudadanos no lo son.
En todo caso, detrás de dicha consigna relumbra, aún más significativa, cierta concepción de la política y el poder. Porque, ¿quién cuenta con la atribución de brindar una bienvenida sino el dueño de casa? ¿Cómo es posible que, desde la circunstancial y transitoria jefatura de gobierno, se me reciba en carácter de “bienvenido”? ¿Qué vínculo promueve con la ciudadanía un gobierno que procura investirse de semejante atributo, que sitúa su locación institucional en ese espacio simbólico de privilegio?
Agradezco el cumplido, pero no lo acepto. Me resulta inadmisible que un novato y dudoso emprendimiento político como el PRO, irrespetuosa y patéticamente, se arrogue el derecho de darme la bienvenida a la ciudad en la que nací.
Será que este falso anfitrión de turbia hospitalidad, que me tutea sin haber conquistado mi confianza, no advirtió todavía que es la comunidad la que “se reserva el derecho de admisión y permanencia”. Y no al revés. Son los habitantes de Buenos Aires los genuinos anfitriones que, según dispongan, tanto pueden “dar la bienvenida” como “prohibir la entrada” al edificio de la gestión pública. Nadie sino ellos decide si un invitado puede pasar, si una vez ingresado puede allí permanecer o si cordialmente le van a pedir que se retire del establecimiento.

sábado, 30 de abril de 2011

UNA VOZ DESAFINADA

(Publicada en Página/12 el 28-04-11: www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-167147-2011-04-28.html



         “El discurso transporta y produce poder, lo refuerza pero  también lo mina, lo expone, lo torna frágil”                                                Michel Foucault 



       Si visitara este planeta un extraterrestre con inquietudes, hay dos preguntas que yo podría responderle sin decir una palabra. Si el amigo quisiera saber “¿qué es el fútbol?”, lo sentaría frente al VHS en donde conservo el partido que jugaron Francia y Brasil en el Mundial de 1986. Porque “eso” es el fútbol. Y si luego, ya que vino hasta acá, preguntara “¿qué es una novela?”, seguramente yo depositaría sobre sus manos (pongamos que tiene manos) alguna edición de La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa.

Evitaría entrar en detalles para no fatigarlo. Pero también le podría describir la fascinación que me provocó, durante mi adolescencia, la lectura de Conversación en la catedral. Le reconocería que no sé muy bien en qué consiste “la plenitud del goce estético”, pero que lo que sentí leyendo La tía Julia y el escribidor no debe andar muy lejos. Me costaría no aludir a la destreza narrativa desplegada en Pantaleón y las visitadoras, ni reivindicar la injustamente relegada Historia de Mayta. Trataría de no ponerme patético, y evitaría confesarle que mi temprana lectura de esas novelas de Vargas Llosa gravitó considerablemente en mi decisión de dedicar mis estudios, mi actual profesión y buena parte de mi vida al ámbito de las Letras.

Por eso valoro que su palabra haya nutrido de prestigio la apertura de nuestra Feria del Libro. Sin embargo, entiendo que no hay prestigio que redima del cinismo. Resulta muy legítimo que Vargas Llosa se auto-proclame liberal de pura cepa, irredento defensor de las libertades individuales. Pero cuando enfatiza una y otra vez su compromiso irrestricto con la democracia, su tenaz oposición a todo tipo de atropello, totalitarismo o dictadura, no logro impedir asquearme.

Porque, más allá de haber leído copiosamente sus novelas durante mi adolescencia, cada tanto leo lo que escribe en La Nación. Y tengo muy presente el artículo suyo que, bajo el título “El golpe de las burlas”, fue publicado en ese diario el 25/07/09, a propósito del golpe de Estado sufrido en Honduras en junio de ese año.

En ese artículo leemos: “Tal vez más que la acción realizada, a los militares hondureños haya que reprocharles el haber erigido a Zelaya en paladín de la democracia.”

Tal vez más que la acción realizada... Ajá. Bueno, no seamos maliciosos: es una simple ironía. Continuemos leyendo: “Si el comandante Hugo Chávez (…) se arroga el rol de defensor del Estado de Derecho hondureño (…) comprobamos una evidencia: que algo debía de andar podrido antes de este golpe en ese pequeño país latinoamericano.”

Así que algo andaba podrido “antes”. Bien. ¿Esto reduce, entonces, el carácter nocivo de un golpe de Estado? ¿No es de lamentar el daño que se hace a lo que ya estaba dañado (o “podrido”)? En fin. Mejor prosigamos la lectura: “Honduras estaba a punto de caer, tras de Bolivia, Nicaragua y Ecuador, en la órbita de Hugo Chávez cuando sobrevino la intervención militar.”

Caramba. ¿La maliciosa es mi lectura? ¿O en esta última interpretación de los hechos asoma ya una mirada un poquito condescendiente para con el golpe? ¿A Honduras le estaba por pasar algo “peor”, digamos? ¿El golpe, por lo tanto, al país lo salvó de “eso”?

En cualquier caso, no encontramos en absoluto la postura de quien condena de plano la intolerancia, los atropellos, las dictaduras. De hecho, la aquiescencia que en el autor despierta el accionar militar tiene concluyente manifestación en las palabras que cierran el artículo, en las que se traza un paralelismo un tanto inquietante: “la anómala situación que vive Honduras por culpa tanto de los militares que asaltaron la presidencia con nocturnidad como de las arteras maniobras de Mel Zelaya y su gurú ideológico, Hugo Chávez.”

Listo, gracias. Ya entendí. Evidentemente no era yo. ¡Por culpa tanto de unos como de otros! Una delicia de argumento. Qué sutil reflexión. ¿Por culpa tanto de los militares golpistas como del presidente constitucional? ¿No será mucho?

De todos modos, más allá de los debates suscitados por su presencia, de las confrontaciones más bien ociosas, yo celebro muy genuinamente que el Premio Nobel Mario Vargas Llosa se haya presentado en Buenos Aires. Cuanto más se amplifique el canto de su prédica pretendidamente liberal, más audible se ofrecerá también su voz desafinada, más elocuente será el confuso ruido que, toda vez que intenta aclararla, oscurece su garganta. 

miércoles, 20 de abril de 2011

CROMAÑÓN, FOLCLORE Y ROCK AND ROLL



Quienes no estamos familiarizados con la normativa penal, respecto de juicios y condenas no podemos sino pronunciarnos, en el mejor de los casos, desde una muy sesgada racionalidad, cuando no desde la emotividad más inocultable. No obstante, son muchas las voces elocuentemente desautorizadas que, en especial desde el medio televisivo y a propósito del ‘caso Cromañón’, por estas horas ponderan cuán atinada o desatinada resulta tal condena a determinado imputado, qué tan justa o injusta se presenta tal absolución.

En este sentido, esta nota no se inscribe dentro de la hoy muy extendida modalidad de juzgar el juicio. Más bien intenta repensar la indiscutible afirmación de que es, ante todo, el Estado quien debe proteger a los ciudadanos. Desde luego, difícil es no suscribir a tan republicano precepto. Sin embargo, quien haya tenido el hábito siquiera intermitente de concurrir a recitales en esta región del mundo, bien puede permitirse cuestionar el efectivo alcance de esa premisa.

Porque en un local nocturno de la Argentina en el que toca en vivo una banda de rock, si ya hubo un empresario que infringió la ley, y ya hubo inspectores y policías que aceptaron sobornos, y ya hubo en consecuencia un mal desempeño institucional, y son las cuatro de la mañana y yo estoy ahí adentro, integrando un público exaltado y excedido en número y toxinas, el Estado ya no está para cuidarme. ¿No supo, no pudo, no quiso? Como sea: no está.

Me consta que a muchos concurrentes a recitales desde fines de los 80 y durante los 90 los habita la sensación de que una tragedia de estas características bien pudo haber ocurrido antes, en otros conciertos. Pero, ¿por qué no ocurrió? ¿Tan sólo por azar? Tiendo a creer que no.

El poder que, sobre las conductas de su público, detenta desde un escenario el líder de una banda de rock es un fenómeno altamente sugestivo, por cierto que inquietante, al cual la psicología de masas ha destinado frondosa bibliografía. Sobrecoge advertir, de hecho, el modo en que un nutrido conglomerado de individuos (no sólo en un recital) puede ser manipulado según la voluntad discrecional de una única persona.

Pues bien: en decenas de ocasiones pude presenciar cómo, desde ese lugar ‘todopoderoso’, ante una eventual situación de riesgo evitable durante un espectáculo, el sagaz discernimiento de personalidades despejadas como Carlos Solari o Ricardo Mollo (por poner dos casos) siempre privilegió, aun por sobre la calidad o incluso la mera continuidad del show que estaban ofreciendo sus bandas, la vocación indeclinable de desalentar conductas que pudieran ocasionar daños físicos. Recurrentemente he visto la aplicación de ese principio, y de modo inapelable: si es necesario, se interrumpe el tema que se está tocando; si con eso no alcanza, se termina el show en ese preciso momento, y nos vamos todos a casa. El cantante recrimina desde el escenario el proceder de los que protagonizan abajo una escena de pugilato sostenida, de los que encienden pirotecnia en un lugar cerrado, del espectador confundido que, sediento de protagonismo, se sube a una columna de sonido. Y el resto de la concurrencia, siempre (pero siempre) se pliega para honrar esa recriminación.

Asistimos, en esos casos, a cierto uso provechoso de ese poder más bien irracional que otorga el carácter de ícono, aplicado en uno de los muchos contextos sociales en los que hay que resolver sobre la marcha lo que el Estado no supo, no quiso, no pudo resolver con antelación.

Abismal es la distancia que media entre aquella conciencia de lo que uno genera (y del modo en que esto puede degenerar) y la archi-probada promoción del uso de bengalas que, según han enfatizado una y otra vez los integrantes y seguidores de Callejeros, era una práctica tradicional, parte del “folclore” del rock.

¿Desde cuándo el rock se somete a un folclore, al punto de que valida una práctica por su carácter tradicional? ¿Cómo fue que adquirió este tinte conservador? ¿El rock no era acaso ruptura, innovación, rebeldía? ¿No despreciaba por principio todo tradicionalismo, a fin de construir algo nuevo, incluido un mundo en el que vivamos mejor? ¿Qué fue de aquella lúcida rebeldía fundacional, hoy aparentemente transmutada en la poco defendible y post-noventista cultura del “aguante”? ¿Cómo se pasó de la defensa de un pretendido modo de vida a la infecunda y pueril motivación de defender “los trapos”?

martes, 8 de marzo de 2011

¿VOS SABÉS CON QUIÉN ESTÁS HABLANDO?


[Publicado en "Diario Registrado" el 19-03-11: www.diarioregistrado.com/index.php?secc=nota&nid=47916&pagina=9


                                                      “Si arrastré por este mundo
                                         la vergüenza de haber sido
                                         y el dolor de ya no ser.”
                                                      Alfredo Le Pera

En una entrevista que Jorge Fontevecchia le hizo a Jorge Lanata, quien fuera referente indiscutible del periodismo argentino alude a un ‘entredicho’ que tuvo con María Julia Oliván. Leyendo la nota advierto que, una vez más, el problema de fondo son las formas: Lanata menciona que, en una entrevista, Oliván lo insultó. De movida, la problemática me desazona por superflua; me resulta más propia de un escandalete de programa de chimentos, de ésos que magnifican los ataques ponzoñosos entre dos divas de teatro de revistas. Pero no es el caso: hasta donde sé, María Julia Oliván no ha hecho teatro de revistas.

Sin embargo, entiendo que Lanata se sienta maltratado si es que efectivamente lo insultaron. Entonces leo la otra entrevista, la que motiva el conflicto. Pero parece que —y no es la primera vez— Lanata me informó mal: durante dicha entrevista, Oliván no insulta a nadie.

Perplejo, me dispongo entonces a revisar —ya que Lanata condena el modo en que Oliván se dirige a él— la manera en que, por su parte, el experimentado periodista y comediante hace referencia a la joven periodista. Y lo primero que encuentro es la apelación al triste recurso del ninguneo: "Yo leía el otro día en perfil.com a una chica que trabajó conmigo”. Aun antes de pronunciar su nombre, Lanata procura desestimar la entidad de quien fuera integrante de su equipo de trabajo, incluyéndola en el magma indiferenciado de las muchas, olvidables, prescindibles ‘chicas’ que trabajaron a su lado.

Molesto él por cómo lo tratan, sin embargo Lanata se permite disparar: “yo no me puedo poner a insultar con María Julia Oliván, que tiene que terminar el colegio”. Más allá de la falacia que cierra la frase (ésta sí genuinamente insultante), pero sobre todo agraviando especialmente a la coherencia, Lanata afirma que él no hará... lo que está haciendo. Le niega a Oliván ‘estatura profesional’ para discutir con él, mientras discute con ella.

Entonces aflora una clave para situar el malestar que, al parecer, aqueja a Jorge Lanata: hay un problema de estaturas. Mejor dicho: de jerarquías. Triste, bochornosamente, a ese talentoso profesional que alguna vez desarticuló la manera tradicional de hacer periodismo, hoy lo indigna que no se respeten las jerarquías: “es como que todo se desniveló”, explicita alarmado, grondonizado, desprovisto de la astucia o el buen gusto que sugeriría callar posición tan conservadora: “tipos que no tienen ninguna trayectoria (…) salen e insultan a otros. Y todo da igual.”

A ver si nos entendemos: 678 no tiene nada que ver con Goebbels. Ni por asomo. Postular dicha homologación es un atentado a la inteligencia. Una elocuente muestra de ignorancia histórica, enunciada sin otra motivación visible que la de confundir giles o lograr que Jorge Rial nos invite a su programa.

En cambio, alarmarse porque “todo se desniveló”, escandalizarse porque “todo da igual”, abominar ‘la mezcla’ y el hecho ‘bochornoso’ de que cualquiera discute con cualquiera, eso sí tiene mucho que ver con el imaginario jerárquico-estamental que la última dictadura quiso imponer en la Argentina. Imaginario a partir del cual había que poner ‘cada cosa en su lugar’.

Hubo un tiempo en que Jorge Lanata no tenía que explicar lo que había dicho. Su palabra se bastaba a sí misma, ‘se la bancaba’ de un modo que muchos admiramos. Hoy, en cambio, Lanata le explica a Fontevecchia: “Cuando yo le digo a este Gobierno: ‘Basta de joder con la dictadura’, ¿qué es lo que quiero decir? Alguien que acaba de llegar al país y no me conoce podría pensar cualquier cosa. Ahora, una persona que me haya visto cinco segundos, no puede confundirse.”

¿Quiere decir que, ante cada declaración de Lanata, voy a tener que repasar su trayectoria? ¿Por qué es necesario que lo conozca para entender / valorar / no malinterpretar lo que dice? ¿Tan débil se ha vuelto su palabra? Sus declaraciones sobre la posición del gobierno nacional en referencia a la dictadura fueron muy desafortunadas. Indefendibles.
(Personalmente, el 20-10-10 manifesté mi opinión al respecto en Página/12: 

Oscar Wilde afirmaba que “experiencia es el nombre que muchos dan a sus errores.” Felizmente no es el caso de Jorge Lanata, cuya trayectoria periodística registra muy saludables aciertos. Sin embargo, cuando un tipo empieza a esgrimir su trayectoria para legitimarse, cuando apela al relato de lo que hizo en el pasado para validar su presente, uno puede permitirse sospechar que lo hace, quizás, porque vislumbra en el horizonte el ocaso profesional del que yo querría que Lanata estuviera lejano, y que el tango —cuándo no— expresó mejor que nadie: “Ahora, cuesta abajo en mi rodada / las ilusiones pasadas / no me las puedo arrancar. / Sueño con el pasado que añoro, / el tiempo viejo que lloro / y que nunca volverá.”

Cuánto desearía yo que esta sospecha se viera desmentida. Pero con argumentos, por favor. No con charreteras ni trofeos polvorientos.



lunes, 1 de noviembre de 2010

EXTRA BRUT


Llorar sostenidamente la muerte de una figura pública ha sido para mí, por estos días, una experiencia del todo novedosa. Más aun, jamás hubiera podido suponer que, por primera vez, la sufriría a propósito de un referente del ámbito político. Nunca he militado formalmente en ningún partido ni agrupación. Tampoco había encontrado motivos para asistir dos días consecutivos a la Plaza de Mayo, y mucho menos para ingresar a la Casa de Gobierno. Jamás, ni por asomo, ningún presidente del que yo fuera contemporáneo había iniciado la construcción de un país tan parecido al que siempre quise habitar. De hecho, yo no conocía lo que era un primer mandatario que efectivamente gobernara, y no se remitiera a aplicar en los trazos gruesos las políticas que le imponían quienes, a su vez, lo gobernaban a él.

Sin embargo, durante años, a ese presidente inédito se lo ha regado de desprecio, de un modo al que no fue sometido, paradójicamente, ninguno de los muy despreciables presidentes que asolaron este país durante varios mandatos anteriores.

Hoy me invade la sensación de que, entre otras macizas razones no tan personales, en el desprecio de muchos políticos y comunicadores hay un velado componente de envidia. No es nada nuevo: está en la genética del cagón envidiar al tipo que tiene pelotas. Por eso la corporación mediática, desahuciada de argumentos (pero sobre-poblada de cagones), intenta por estas horas revestir la pasión que ha conducido la fértil vida de Néstor Kirchner con los ropajes de la irresponsabilidad. No pueden admitir que ese hombre ‘crispado’ tuviera convicciones a las que, literalmente, entregara su vida. No pueden tolerar el contraste con sus propias vidas chiquititas. Por eso cuestionan lo que consideran su ‘irresponsable’ hiper-actividad: porque detestan que tuviera la motivación suficiente para hacer tantas cosas, para intentar transformar tantas realidades, aun corriendo el digno riesgo de dejar en la tarea la propia salud.

Ahora sí podrá permitirse descansar. Y vaya si logrará descansar, como se dice, “en paz”. Infrecuente privilegio del que no gozarán, por cierto, quienes nunca ejecutan una idea propia y arrastran su existencia mediocre, su tenue vida berreta, entre la patraña y la traición, entre la obsecuencia y la hipocresía.

Qué brutos quienes festejaron su muerte. Más allá de la pequeñez moral, de la miseria de sus almas, de la 'mala leche' que adultera y vuelve repugnante el champagne con que celebran. Ante todo: qué ignorantes. Porque hay que ser muy bestia para confundir la desaparición física de un hombre con la muerte política que tanto le desearon.

Parece que todavía no advirtieron la mucha vida que su muerte deja latiendo, revitalizada, no solamente en la vigorosa capacidad intelectual y ejecutiva de la presidenta, sino en todos aquellos a quienes Néstor Kirchner sorprendió con la gloriosa notificación de que la política no era necesariamente el arte de resignarse. Por no hablar de aquellos otros a quienes el país que empezó a despuntar en 2003 les devolvió, nada menos, una parte de su dignidad.

Y esto no es discurso, no es retórica. El día de su despedida, en la Plaza de Mayo, quien haya querido pudo ver de cerca el llanto genuino de los humildes. Sin mediaciones. Sin aparato. Sin “el choripán y la Coca” que las mentes perezosas de los sectores acomodados y la vertiente tilinga de los sectores medios utilizan, como argumento simplista, para desacreditar la vital actividad de la política. ¿Cómo encuadrarían, desde su tosca mirada, al joven del conurbano profundo que lloraba con su pequeño hijo en brazos, mientras me comentaba, los ojos llenos de luz, que llevó al niño a la Plaza para que despidiera al presidente que sacó a su padre de la desocupación? “Siento orgullo”, confesaba este flamante ciudadano argentino, con pudor, como quien estrena una sensación que no termina de permitirse, una palabra que no está acostumbrado a pronunciar.

Lloraron su muerte los mozos de la Casa Rosada. Y esto sí se pudo ver por televisión. Esta vez no pudieron ocultarlo. De aquí en más no podrán ocultarlo.

¿Qué lectura harán de ese llanto tan significativo quienes, por primera vez en medio siglo, al fin, sintieron amenazados sus privilegios? ¿Ya estarán maquinando promover a algún fantoche de ‘la oposición’ que intente venir a decirme que “representa al pueblo”? Por favor, no me hagan cagar de risa.

Para muchos argentinos, la noticia de la muerte de Kirchner y la llegada del censista irrumpieron casi simultáneamente, una silenciosa y petrificada mañana de octubre. Minutos después, ambos hechos quedarían entrelazados y adheridos a la puerta de tantos hogares de este país. Porque esa noche, al regresar de la multitudinaria Plaza del dolor devenido compromiso, miles de argentinos y argentinas volvieron a leer, con tristes ojos renovados, la calcomanía que el censista había dejado en sus puertas. Las uñas de los inefables buitres rapaces no podrán arrancar fácilmente ese adhesivo resignificado en el que seguiré leyendo con emoción, cada vez que entro a mi casa, “GRACIAS POR RESPONDER”.  

miércoles, 27 de octubre de 2010

lunes, 18 de octubre de 2010

AYER NOMÁS

(Publicado en el diario "Página/12", el 20 de octubre de 2010: www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-155358-2010-10-20.html
 

La preeminencia otorgada a la actualidad es inherente al discurso periodístico. Sin embargo, muchas veces, la vocación indeclinable de honrar este mandamiento del oficio parece que habilita la precipitación al informar, autoriza la liviandad en el tratamiento o el análisis, desestima la irrefutable validez de lo ocurrido para comprender lo que ocurre. Mientras tanto, la historia se presenta cada mañana a las puertas de nuestro día.

Semejante a esa articulación del pasado con el presente, la vida de este país se entrelaza de modo inextricable con la del continente que integra. Un continente en el cual, recién insinuado el nuevo milenio, las repúblicas de Venezuela y de Bolivia sufrieron sendos intentos de golpes de Estado. Pero esto ya es parte de la ‘historia’, podrá decirse; información no actual de la que, en consecuencia, la prensa bien puede prescindir.

Hace poco más de un año (¿‘historia’ más reciente, menos ‘histórica’?), en la república de Honduras se produjo un golpe militar que logró superar el estatuto de intento.

Hace sólo algunos días (¡actualidad en estado puro!), se atentó contra la vida del presidente constitucional de la república de Ecuador, en un accionar que tuvo la visible motivación política de producir un golpe de Estado.

No obstante, aun ante dicho escenario, algunos referentes del periodismo argentino cuestionan, a veces con crispado énfasis, la evocación de lo ocurrido en este país -puntualizan- “hace 34 años”. Objeción frente a la cual no podemos sino preguntarnos: ¿Cuándo caduca el pasado? ¿Qué determina que un hecho histórico ya no merezca lugar en ‘la agenda’? ¿Por qué se apela, una y otra vez, al burdo e indefendible tópico según el cual evocar el pasado implica desatender el presente?

Lejos de promover tal descuido, la memoria de los pasos dados ayer despeja hoy la mirada, permitiendo a los pueblos discernir con nitidez entre los caminos que quiere transitar y los pérfidos atajos a los que mejor ni acercarse.

Muy elocuentemente, la historia no tiene fecha de vencimiento.

miércoles, 24 de febrero de 2010

SIN PILOTO DE TORMENTA

(Publicado en Página/12, el 22 de febrero de 2010, bajo el título "Esta vez el agua no baja":
www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/140769-45334-2010-02-22.html

"La otra tarde vi llover
vi gente correr
y no estabas tú."

Esta vez el agua no baja. El ambiguo privilegio que me brinda mi ventana en el séptimo piso me permite comprobarlo. Hace más de una hora que dejó de llover, pero los setenta centímetros de agua acumulados sobre mi calle, en el barrio de La Paternal, permanecen imperturbables. Es inédito. Vivo aquí desde 1999. He visto inundada esta cuadra varias decenas de veces. Pero siempre, cuando para de llover, el agua empieza a bajar. Lentamente, pero baja. Nunca, como en este verano de 2010, exhibió rostro tan hostil el agua que hoy gobierna mi calle.

Prendo la televisión, aprovechando que la empresa que me vende la luz todavía sigue prestando servicio. “Canal 26” me muestra postales escalofriantes del barrio de Palermo. “Crónica TV” me informa sobre los cortes de luz e inundaciones que, por segunda vez en cuatro días, deterioran seriamente la vida en la ciudad. “Canal 9” me ofrece imágenes de hogares porteños a partir de las cuales concluyo que mi situación no es tan grave. “C5N” me recuerda que no funcionan las líneas de subte y recalca el pedido de no sacar la basura. “Canal 13”, por lo general tan solícito a la hora de reseñar el espanto, ha decidido poner en pantalla una película.

Curioso. Cae la tarde de un día laboral, en una jornada muy especialmente noticiable (de ésas que imponen permanentes flashes informativos incluso en los canales no destinados a noticias), y “La Tele” entiende que es buen momento para homenajear el humor del viejo cine argentino. De tal modo que ya no veo gente desesperada, automóviles apilados, ciudadanos iracundos, vecinos peleando a baldazos los estragos de una Buenos Aires que ‘iba a estar buena’, sino las desopilantes peripecias del Negro Olmedo y el Gordo Porcel intentando, con escaso éxito y desafortunadas consecuencias, jugar un partido de básquet. Dentro del film, las imágenes del juego son alternadas con planos de la tribuna, en donde las protagonistas femeninas (Luisa Albinoni y la siempre muy bella Susana Traverso), testigos sonrientes del desbarajuste, observan impasibles el modo en que se despliega, en la cancha, la probada inoperancia de sus pretendidos.


sábado, 10 de octubre de 2009

DESNUDO DE TAPA


Por cierto, no deja de resultar paradójica la recurrente apelación al presunto efecto “amordazante” que animaría la promulgación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. En verdad, en el nutrido (y sin duda que concentrado) ejército de comunicadores que se alistan detrás de esta cruzada discursiva no se advierte mayormente la voluntad de ponderar las reales implicancias de la ley, sino más bien cierta motivación no especialmente racional de invocar un sortilegio. Baste advertir el exiguo despliegue de argumentos que en general acompaña tal consideración, en la que sin embargo se reincide, una y otra vez, hasta el sinsentido propio de la letanía.

La paradoja fulgura en el hecho de que permanentemente incurren en el tópico de “la ley mordaza” representantes de medios cuya voz la sociedad tantas veces hubiese necesitado escuchar; y tantas veces, sin embargo, esos medios callaron. ¿Resulta creíble, en consecuencia, que hoy pretendan erigirse como paladines de la libertad de prensa quienes, en aciagas coyunturas nacionales, optaron por sustraer su voz? ¿Cuán legítimo resulta que invoquen ese valor, desde luego que irrenunciable, aquéllos que incluso durante períodos de institucionalidad lo despreciaron, lo denigraron a veces con bochornoso cinismo, ya no meramente callando sino también profiriendo, con privilegiada amplificación, una palabra falaz, deliberadamente distorsiva de lo que con engañosa inocencia gustan llamar “la realidad”'?
 

Grotesca resulta, en tal sentido, esa pantomima de la dignidad y la ética periodística que por estos días enarbola el Grupo Clarín y difunde a través de su exorbitante red de medios mediante la consigna: LA REALIDAD SE PUEDE TAPAR O SE PUEDE HACER TAPA. Entre decenas que acuden a nuestra memoria, cientos que seguramente se podrían rastrear, tomemos un caso emblemático que convida a revisar el alcance de esa consigna, con pretendido heroísmo esgrimida hoy como un estandarte.
 

El 26 de junio de 2002, un comisario fusiló por la espalda a dos manifestantes, en el hall interior de la estación Avellaneda. Hasta allí, “la realidad”. Realidad respecto de la cual la sociedad argentina (en virtud de la siempre necesaria labor de la prensa) bien podría haber tomado conocimiento directo, cabal, inmediato, puesto que “Clarín” tuvo el privilegio periodístico de ser testigo presencial del hecho.
 

Sin embargo, al día siguiente, el gran diario argentino despreció, consciente y enérgicamente, su hoy defendida proclama de otorgarle a la realidad la portada del matutino. De hecho, en esa ocasión optó por poner en tapa una foto especialmente escogida para encubrir los hechos. Aun poseyendo el testimonio irrevocable de otras imágenes más fidedignas, definitivamente reveladoras, de ésas que jamás desaprovecha el periodismo serio (puesto que tan afines resultan a la vital y siempre saludable vocación de informar), “Clarín” eligió poner en tapa una foto “movida”, voluntariamente confusa, no tanto representativa de lo ocurrido sino fantasmagórica, ambigua, elocuentemente más destinada a tapar la realidad que a ofrecer la realidad en tapa.
 

De todos modos, la ambigüedad de la imagen eventualmente podría ser desbaratada por la palabra. Pues bien. No es el caso: LA CRISIS CAUSÓ DOS NUEVAS MUERTES fue el ofensivo titular de tapa, inefable, escandaloso, nauseabundo, mediante el cual “Clarín” informó esa mañana lo sucedido a sus muchos, muchísimos lectores, a quienes cada día impone su estrecha, acotada, nunca desinteresada agenda, en la cual jamás figura la menor referencia a la premisa insoslayable de que el éter no tiene propietario.