BIENVENIDA SU OPINIÓN, SU COMENTARIO, SU MIRADA

jueves, 29 de diciembre de 2016

PALOS EN LA RUEDA



Desde distintos estrados de la palabra pública, a partir del 10 de diciembre de 2015 casi cualquier observación sobre las políticas implementadas por el Estado nacional argentino ha sido definida, encuadrada o reducida a la condenable actividad de poner palos en la rueda. Le proponemos al lector dejar de lado, siquiera por un momento, la consideración de quiénes utilizan la metáfora, con qué finalidad, en la persecución de qué objetivos. Atendamos, simplemente, lo que esa frase implica, el sedimento que arrastra, el riesgo que conlleva.
Por lo pronto presenta una resonancia “progresista” que le juega a favor: si bien las últimas décadas han procurado jaquear este paradigma, lo cierto es que, desde hace ya varios siglos, la Modernidad implica avanzar. Ir hacia adelante. No detenerse. Sortear los escollos que pudieran presentarse y no cejar en el empeño de prosperidad, de mejora, de progreso. Y estos valores frecuentemente encarnan en las figuras del desplazamiento en el espacio, la marcha continua, el rumbo firme.
Sin embargo, es oportuno reparar en otras dimensiones, generalmente no contempladas, que anidan en esa expresión. Entre otras, la situación efectiva y material de los hombres y mujeres a los que traslada ese “carro” cuyas ruedas no deben ser interferidas en su correcta circulación; o, más aún, las razones en función de las cuales esos ciudadanos fueron convocados a un viaje que —se dijo— tendría determinado rumbo, pero que, ni bien arrancó, tomó el más imaginable de los desvíos. Por no hablar de aquéllos de quienes el “carro” se fue soltando en el camino, en plena sintonía con otra metáfora (la de tirar gente del tren…) que en su momento acuñara, con escasa felicidad, el actual presidente en ejercicio.
No obstante, cierto vigente “sentido común” insiste en que no se debe poner palos en la rueda. ¿Se le puede pedir que no lo haga a quien es conducido hacia el precipicio en el que, inexorablemente, el carro habrá de desbarrancar? ¿Cómo podría pedirme que no ponga palos en la rueda quien lejos está de poder mostrarme las bondades del destino al que me dirige? Al carro de la Corona que se alejaba y despojaba de riquezas a una colonia, ¿tampoco había que ponerle palos en la rueda? ¿Y al tren que traslada seres humanos a un campo de concentración?
Buenos motivos hay, vamos advirtiendo, para dudar de que el acto de poner palos en la rueda resulte inherentemente condenable, más aún si se tiene en cuenta el muy conocido camino por el que se va circulando.

domingo, 8 de noviembre de 2015

BALOTAJE Y VOTO EN BLANCO


Nota publicada en "Diario Registrado" el 28 de octubre de 2015: 
http://www.diarioregistrado.com/opinion/132894-balotaje-y-voto-en-blanco.html

Cuatro ciudadanos entre los cuales se registran numerosas diferencias comparten, sin embargo, dos rasgos muy sugestivos que motivan el siguiente relato.
           
Norma tiene 60 años y es comerciante. Le parece que la Argentina no es un país serio, como sí lo son las naciones europeas que tanto admira y a las que viaja periódicamente. Cuando en alguno de sus locales se desata un intercambio de tono político, Norma inexorablemente reproduce algún titular que ha leído en el diario al que destina la mañana de sus domingos; y si la charla reclama que amplíe sus opiniones, su mente pasa de página con inconsciente velocidad y retoma algún otro título mediante el cual, sin darse cuenta, Norma desvía el tema de conversación.

Adrián tiene 45 años y es periodista. Es un tipo canchero y bien informado, de espíritu un poco conservador, que ha logrado conquistar cierto prestigio profesional. Le gusta vestir con criterio y frecuentar ámbitos más bien selectos, en los que aprendió a desenvolverse con admirable soltura. Adopta un tono de cinismo y cierta impostada complicidad cuando habla de “la negrada”, lo cual colisiona con su tez morena, su evidente ascendencia de pueblo originario y el hogar muy humilde del que proviene.

Muriel tiene 30 años y se dedica a la pintura. Supo ser, hace tiempo, una radicalizada defensora de minorías sexuales. Hoy tiene un hijo y, si bien no le sobra nada, vive con su marido en una casa que pertenece a su padre. Cuando se ve involucrada en alguno de esos debates ideológicos en los que supo brillar, Muriel mantiene el tono de una rebeldía que le ha quedado como tic, aunque las banderas que hoy levanta, un tanto precarias, no sobrepasan las edulcoradas preocupaciones de una señora establecida.

Fernando va a cumplir 20 años y dice representar a la clase trabajadora. Sin embargo, su mayor contacto con el mundo laboral se reduce a su interacción, no muy fluida, con el encargado del edificio de Juncal y Ayacucho en el que vive con su madre. Fernando estudia en la universidad pública y desprecia tanto la democracia representativa como el Estado de Bienestar, en reemplazo de los cuales suele proponer una serie de consignas valiosas pero algo inconexas, sistemáticamente situadas en un futuro que la notoria impericia de Fernando impide vislumbrar.

Queda claro entonces que las vidas de Norma, Adrián, Muriel y Fernando son bastante diferentes. Sin embargo, como se dijo, tienen dos rasgos en común. En primer lugar, su antipatía por el kirchnerismo. Norma detesta las cadenas nacionales y la personalidad de Cristina. Adrián desprecia todo lo que huela a liturgia justicialista. Muriel cuestiona la insolvencia ética de algún funcionario. Y para Fernando todas las democracias burguesas resultan igualmente condenables.

Pero más significativo se ofrece, quizá, el otro rasgo que los une. A saber: su posibilidad individual de permitirse la apatía. El privilegio de saber que ningún escenario político modificará sustancialmente la vida que viven. Cualquiera sea la fuerza que gobierne el país, Norma seguirá viajando a Europa cada año, Adrián conservará el espacio profesional que supo conquistar, Muriel seguirá viviendo con su familia en la casa que le presta su padre, y Fernando continuará disponiendo de una heladera llena y de la onerosa prepaga cuya cuota le debitan mensualmente a su mamá.

Les he preguntado a quién votarán el 22 de noviembre. Norma me dijo que el voto es secreto, pero que su hijo le ha explicado que amar a sus nietos y elegir a Macri resulta incompatible, aunque ella ni muerta apoyaría, tampoco, al candidato de la yegua. Adrián me dijo que Mauricio le parece un poco grasa y muy falto de luces, pero que a la vez está podrido de los peronchos. Muriel me recordó que ella siempre fue progresista y que, si bien no apoyaría ni loca el cóctel explosivo de Cambiemos, sus principios indeclinables le impiden votar al motonauta. Fernando me explicó que la alternativa más revolucionaria es la que, en definitiva, el 22 de noviembre lo terminará encontrando cerca de Norma, Adrián y Muriel: el voto en blanco.

Los cuatro dicen tener sólidos motivos para no votar a Macri. Pero, a la vez, cada uno ha manifestado que Scioli “no le gusta”. Yo les he recordado que uno de los dos será presidente de la Argentina hasta 2019. Sin embargo, es una elección en la que a ninguno de estos cuatro ciudadanos se le juega, en lo personal, nada demasiado relevante. Ni la casa, ni el laburo, ni la salud. En tal sentido, podría decirse que los cuatro comparten algo así como un privilegio de clase. Evidentemente, poder permitirse votar en blanco en un ballotage no es para cualquiera.

martes, 19 de mayo de 2015

LA EXPRESIVA MIRADA DEL MUNDO

Hans nació en Viena (Austria), aunque vive en EEUU desde hace muchos años. Durante estos días, de paseo por Buenos Aires, una reunión social nos encontró en un living de Villa Crespo, compartiendo un segmento televisivo en el que dialogaban dos personas que Hans no conocía: un periodista local y el jefe de gobierno de la ciudad. Lo que Hans sí conoce bastante bien es la lengua española, que habla y comprende sin mayores dificultades. Y cuando alguna palabrita se le escapa, estira el cuello y entrecierra un ojo, pidiendo auxilio lingüístico. 
Concluido el segmento, me reclama que lo sitúe. Lleva pocos días en el país y desconoce los hechos que motivaron la entrevista. Yo he resuelto aportarle coyuntura lo más desapasionadamente que pueda. Entonces le comento, con el menor despliegue de subjetividad posible, que una empresa privada ha construido un muro en una calle pública por la que, consecuentemente, no se puede transitar. 
Pero sus inquietudes no se disipan con mi explicación. Porque Hans ha advertido que, al ser consultado por la demanda de los ciudadanos, “el alcalde” respondió que había escuchado algo, pero que aún no le habían informado al respecto. Hans hace una pausa, toma un trago de vino y me pregunta: ¿había escuchado dónde? Sorprendido, un poco turbado, improviso una respuesta rápida: supongo que a través de los medios, le digo. Hans me mira. Tengo la sensación de que mi respuesta no le alcanza. Pero no vuelve sobre el punto. Más bien avanza, imperturbable, empanada en mano: y cuando el entrevistador mencionó el fallo de la justicia que había ordenado demoler el muro, “el alcalde” le preguntó si eso todavía no había ocurrido. Hans quiere saber si entendió bien. ¿El alcalde le pregunta a un periodista si su propio gobierno cumplió una decisión judicial?, insiste, incrédulo. Yo trago saliva y muevo afirmativamente la cabeza. Me empiezo a sentir un poco incómodo. 
Sin embargo, Hans es implacable. Porque hay un detalle que llamó particularmente su atención: tras haberle informado a la máxima autoridad ciudadana que el muro no fue demolido porque su gobierno apeló esa decisión, el periodista le preguntó si no estaba al tanto de eso. Y el alcalde le respondió que no, pero que “si te preocupa, me informaré.” Hans, de por sí pelirrojo, ahora se ha puesto todo colorado. Repite la frase con especial énfasis: “¡Si te preocupa, me informaré!” No puede entender cómo, sin el menor asomo de pudor ni el más ligero sobresalto, el alcalde certifica (más bien con irreverente elocuencia) que lo sucedido no le preocupa en absoluto. “Mucho descaro”, dice Hans, marcando fuerte las consonantes. Y vuelve sobre la frase, que ahora repite con tono de interrogación: “¿Si te preocupa me informaré?” ¿El alcalde de la ciudad se va a informar porque el tema le preocupa… a un periodista? 
Finalmente, Hans quiere saber si el mandato de ese funcionario se va terminando. Yo le digo que sí, pero siento que hay otro dato que debe conocer. Entonces le comunico: este año, ese alcalde intentará ser presidente de la República Argentina. Me aplasta el silencio que se produce luego de mis palabras. Hans estira el cuello y entrecierra un ojo, como hace cuando no entiende. Pero esta vez, me parece, lo que no puede comprender no son cuestiones lingüísticas.

viernes, 27 de febrero de 2015

LIBERTAD DE INEXPRESIÓN


Sobre el atardecer del 18F me senté frente al televisor y me propuse un desafío: dejar de lado todo preconcepto, en la medida de lo posible, y seguir el desarrollo de la llamada “Marcha del Silencio”. Por un momento reparé en lo conflictiva que me resultaba esa designación (más que “salud”, el silencio en la Argentina ha sido “enfermedad” cómplice de genocidios). Pero rápidamente recordé mi objetivo: me había predispuesto favorablemente a conocer las motivaciones, por qué no genuinas, de quienes habían optado por ejercer el venerable derecho de marchar.
Para ello, opté por sintonizar la señal TN, porque entendía que a través de ese canal seguramente yo iba a poder conocer, escuchar, acaso comprender a los movilizados. Lamentablemente adversas, las condiciones climáticas de la jornada determinaron que, durante varios minutos, de los manifestantes yo sólo pudiera ver sus paraguas. Al comienzo me llamó la atención su notable colorido, su generosa amplitud promedio, la muy alta e inédita proporción de paraguas per cápita. No obstante, más curiosa me resultó la afirmación de una movilera cuando, habiendo cesado ya la lluvia, informó que los manifestantes habían decidido no cerrar sus paraguas. No entendí bien lo que esto significaba, pero en todo caso lamenté que, para mi percepción de televidente, la marcha siguiera siendo por el momento un gran techo de tela de avión.
De todos modos, por fortuna, en un momento se dio paso a los testimonios de los movilizados. Ahora sí, me dije, podré conocer con mayor justeza el carácter de la marcha. Sin embargo, lamentablemente, los manifestantes no se manifestaban. Sus declaraciones eran por demás exiguas; y cuando amagaban dejar de serlo, los cronistas rápidamente ofrecían el micrófono a otro ciudadano. Nadie disponía del uso de la palabra más que unos diez segundos. Hasta que apareció alguien que no peinaba canas y para quien, además, el 18F era la primera marcha a la que asistía en su vida. Extasiado ante la perspectiva de poder mostrar renovación generacional, el cronista pregunta: “¿Cuántos años tenés?” Honesto, acaso sabedor de que decepcionaba, el movilizado debutante responde: “Treinta y tres”.
Mientras tanto, los periodistas exprimían hasta el hartazgo cuanto atisbo de metáfora se les cruzara en el relato: “una marcha en la que el silencio dice mucho”, “el estruendo silencioso de los manifestantes”, “es emocionante cómo se escucha el silencio”. Nelson Castro propone: "Vamos a escuchar, en el medio del silencio, la voz de la gente". Sin embargo, alguien dispone que esto no ocurra. Porque ese momento nunca llega. A esa ciudadanía convocada a la que se le pidió que no porte banderas, que no lleve carteles, que no redacte consignas y, sobre todo, que no se exprese de otra forma como no sea a través de su silenciosa presencia, los paraguas no me dejan verla, los cronistas no me dejan escucharla.
Alguien dirá: marchan en silencio porque no tienen nada que decir. Como ciudadano, eso yo no lo puedo saber; como televidente, la señal TN no me permitió averiguarlo. Tampoco desmentirlo.
Lo que sí me consta es la discrecionalidad interpretativa que el silencio habilita. Históricamente hábiles en el arte de hacer decir algo distinto de lo que se dijo, durante los próximos meses los muy interesados operadores de la palabra ajena se abocarán a construir y ponderar el alcance del discurso que nadie articuló. Más denodadamente que de costumbre se entregarán al oscuro ejercicio de atribuirle sentido y significado a la palabra que no se dijo. Con menos escrúpulos de los habituales se arrogarán la facultad de traducir lo que quiso expresar una ciudadanía a la que, paradójicamente, se le pidió que mejor no abriera la boca.

martes, 1 de julio de 2014

EL USO DEL DOLOR ANTE EL DEBATE DE LA LEY

Nota publicada en Diario Registrado, el 6 de mayo de 2014:


            Los exaltados paneles televisivos alrededor de los llamados “linchamientos” fueron el aperitivo mediático luego del cual (según la secuencia que propone una agenda muy sugestiva) nos disponemos a degustar el tratamiento de la eventual reforma del Código Penal. Sin duda, se trata de dos temáticas que involucran fuertemente a la ciudadanía. No obstante, ambas presentan un rasgo que condiciona la validez de su abordaje en un medio televisivo que, mayormente, no fomenta debates que comprometan la razón, sino la emoción.
            Ocurre que ambas temáticas reclaman una reflexión sobre la ley. Y ésta no puede (ni debe) compartir la misma mesa con la emoción. De allí la contrariedad que surge al incluir, en esos paneles presuntamente destinados al debate, a familiares de “víctimas de la inseguridad”. Por supuesto, frente a un crimen, desatinado sería impugnar el derecho de los familiares a manifestar públicamente su dolor. Sin embargo, esta corroboración tan evidente no nos exime de preguntarnos: en el contexto de lo que suele presentarse como un espacio para el intercambio de ideas, ¿qué argumento se puede esgrimir ante quien atraviesa la intensa conmoción de haber sufrido una violenta desgracia personal? ¿Puede acaso proponerse, en esas mesas de discusión, el más atinado y aplicable de los razonamientos sin que éste adquiera, tal vez, el carácter de una ofensa? Para el vigente paradigma televisivo, que provoca y celebra el derramamiento de lágrimas, la descarnada exhibición del testimonio emotivo impone una legitimidad mediática que, entre otras cosas, convalida la clausura de lo que ya no podrá ser un debate.
            No es inoportuno recalcarlo: jamás un sentimiento o un estado de conmoción han sido buenos redactores o promotores de leyes. Ni el dolor, ni la angustia, ni el miedo. Menos aún el deseo de venganza. No obstante, a un padre devastado, a una madre al borde del desmayo, se los expone para que se pronuncien (ante la sociedad y pañuelo en mano) sobre cuestiones cuya consideración requiere, al menos, neutralidad, sosiego, distancia.
            Es en esas situaciones de honda tristeza y abatimiento que hace su entrada, sigiloso, subrepticio, el pensamiento de derecha. Por cierto, el fenómeno no es novedoso: históricamente, el pensamiento de derecha se alimenta del dolor humano. De tal manera, como hemos analizado en un trabajo de reciente publicación (“La noticia televisiva: resplandor de un discurso inquietante”), muchas veces la explotación sentimental deviene manipulación política.
            Este operativo, advertimos, se consuma mediante la turbia tarea de convertir el dolor en odio. Y se aplica, desde la pretendida apelación a cierto ambiguo “sentido común”, sobre quienes aceptan y propagan esa estandarizada reprobación de la actividad política, que tan frecuentemente se invoca.
              En los próximos días, el “debate” mediático sobre la posible reforma del Código Penal nos enfrentará, una vez más, a ese discurso que no logra superar la paradoja que lo constituye: un discurso que, por un lado, manifiesta su crispada condena a la “sucia” labor de la política y a la “nociva” injerencia de las posturas ideológicas sobre la vida ciudadana; pero que, por otra parte, bien se cuida de no declarar sus expectativas definitivamente políticas, mal se empeña en esconder su desbordante ideología.

martes, 24 de junio de 2014

EL PROCESO DE ESTIGMATIZACIÓN


[Publicado en Página/12 el 16 de abril de 2014: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-244229-2014-04-16.html]



            Hay cierto esquema interlocutivo que preside el discurso periodístico en el marco de la televisión comercial. Ese esquema podría graficarse mediante la siguiente secuencia: “De Nosotros para Ustedes sobre Ellos”. Esto es: hay un Nosotros que emite, por ejemplo, la noticia televisiva (el periodista, digamos); hay un Ustedes al que la noticia se dirige (“los vecinos”, “la gente” o cualquiera de esas frecuentes muestras de vaguedad nominal que, en todo caso, confluyen alrededor de la clase media); y, por último, hay un conflictivo Ellos, prototípico referente sobre el cual se asienta, en particular, la noticia policial.
            Destaquemos que la construcción mediática de la figura de Ellos se organiza a partir de un vigoroso proceso de estigmatización. De hecho, tres rasgos muy específicos suelen caracterizar la percepción que se tiene de Ellos: son jóvenes, son pobres, son morochos. Observemos que, elocuentemente, el delito juvenil ocupa un destacado lugar en el ranking de preocupaciones que asolan el buen funcionamiento social. En segundo lugar, los medios privados alientan a diario la muy simplista presunción de que la marginalidad que impone la pobreza conduce, irremisiblemente, a la marginalidad del delito. Por último, la escasamente verbalizada consideración del color de la piel asiduamente es utilizada por el discurso periodístico como signo congénito de notable alcance estigmatizante.
            Estos fenómenos, a los que nos hemos referido en un trabajo de reciente aparición (La noticia televisiva: resplandor de un discurso inquietante), conviven en la televisión argentina con la presunta necesidad profesional de espectacularizar incluso los formatos no ficcionales. De tal modo, en el ámbito de la televisión comercial, muchas veces resulta atrayente, para el periodismo, proponer que cede la palabra a Ellos.
            Adviértase que este operativo discursivo no se practica sino desde la necesaria conservación del estereotipo creado. Como sea, Ellos siempre deben resultar temibles, irreverentes, irrecuperables. Ellos “atentan contra la sociedad”, expresión mediante la cual se los sitúa en una tranquilizadora exterioridad; de tal modo se insinúa que la vida social se ve afectada en su funcionamiento por la injerencia nociva de elementos que le son ajenos. Esto es: si se afirma que “atentan contra la sociedad”, pues entonces se está presuponiendo que no la integran.
            Diríase que, para el discurso hegemónico de la prensa comercial, lo importante es mantener esa figura. Fuera de ello, parece que resultara irrelevante luego si su representación está siendo escenificada, o si a la salida de un estudio televisivo los está esperando —nada ficticia— la policía.


martes, 17 de junio de 2014

LA CRUZADA DE LOS INGENIEROS



[Publicado en Página/12 el 9 de abril de 2014]
http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-243714-2014-04-09.html

            A las 22.27 del jueves 20 de enero de 2011, a propósito de un resonante “caso policial” ocurrido por esos días, el animador televisivo Eduardo Feinmann formuló frente a cámara la siguiente pregunta: “¿Qué hacemos con las criaturas asesinas, como la que mató al ingeniero Barrenechea?” Entre varias líneas de reflexión que abre el interrogante (la inconsistente alusión a cierta esencialidad criminal, la ambigüedad de un “nosotros” con aparentes competencias para ejecutar “acciones” de algún tipo), nos interesa señalar el siguiente fenómeno: formulada la pregunta, el animador no ofreció a continuación ninguna respuesta. El interrogante quedó flotando, turbio, suspendido, dejando a los televidentes la tarea de responderlo. Complete usted el casillero vacío. Y, sobre todo, tache lo que no corresponda.
            Difícil no evocar en este punto al ingeniero Santos, cuyo emblemático “caso” promovió, en 1990, un debate en el que se privilegió la propiedad privada que los asaltantes intentaron vulnerar (a saber, el pasacasete de un automóvil) por sobre la vida que el ingeniero les quitó. El rumbo de aquel debate lo orientaron, en buena medida, reconocidos exponentes de la prensa dominante. Como bien nos lo recuerda Gabriel Kessler, “yo hubiera hecho lo mismo” fueron las incalificables palabras mediante las cuales —sobre la “acción” fatal ejecutada por el ingeniero— en aquella ocasión se pronunció al respecto Bernardo Neustadt, por entonces influyente y oscura estrella del firmamento periodístico argentino.
            Lo cierto es que hay determinadas actividades profesionales cuyo desempeño habilita considerables niveles de inmunidad periodística. Desde luego, a propósito de esas profesiones (la de empresario, la de arquitecto, muy especialmente la de ingeniero), nada acredita cuestionar su mero ejercicio o estatuto profesional. Más bien nos referimos a los efectos simbólicos que su referencia provoca en el imaginario de los sectores a los que, prototípicamente, se dirige la prensa comercial.
            Tomemos un titular como el que, por ejemplo, ofrece el matutino La Nación el 25 de noviembre de 2009: “Un empresario mató a dos delincuentes”. ¿A qué obedece allí la especificación de la actividad profesional del homicida? ¿Por qué, respecto del individuo en cuestión, se informa adicionalmente qué hace (esto es, a qué se dedica), más allá de referir lo que ha hecho (matar a dos hombres)? ¿Acaso esto último no es lo que constituye la noticia? ¿El hecho de que un empresario mate delincuentes resulta menos grave (y, correlativamente, menos condenable, menos punible), que el hecho de que un hombre mate a dos hombres (que ha sido, en definitiva, lo que ocurrió)?
            Si articulamos estas muestras dispersas de la labor periodística que hemos tomado (la primera de las cuales se remonta a 1990) reconocemos la sostenida vigencia de un discurso que, por cierto, torna grotescas las encendidas defensas profesionales que algunos periodistas esgrimen por estas horas. Defensas apoyadas, sobre todo, en la simplista premisa de que los “hechos” sociales se producen espontáneamente (y que, por ello, la inocua labor del periodismo sólo consiste en reproducirlos). En tal sentido, durante un intercambio radial en el que Adolfo Pérez Esquivel reclamaba, por estos días, que la prensa no avivara el fuego desatado de la presunta furia ciudadana, el periodista Jorge Lanata intentaba chicanearlo con muy visible tosquedad argumental: “¿Vos proponés no informar sobre lo que está pasando?”.
            Una vez más, confirmamos un rasgo paradójico que habita el discurso de la prensa comercial, al que nos hemos referido en un trabajo de reciente aparición.[1] Esto es: en su declarado afán de combatir “la inseguridad”, el periodismo hegemónico no se cuida de no alimentarla. ¿Se puede manifestar preocupación por “la inseguridad” cuando, por estas horas, se ha llegado a “comprender”, justificar y alentar la violencia más cruel y homicida? Más aún: ¿es “la inseguridad” lo que realmente preocupa? ¿Preocupa lo que hoy se gusta llamar “el retiro del Estado” (al que esos discursos reducen a su dimensión policial)? ¿Lamentan el presunto retiro del Estado los portavoces de los grandes emporios mediáticos, cuyo horizonte es recuperar el Paraíso Perdido de la Argentina desregulada? ¿Lo lamentan o, más bien, lo reclaman con enérgica virulencia? ¿No será que, en verdad, lo que inquieta a los sectores concentrados es la sospecha de que —aun con sus falencias y desajustes, con sus tareas de pendiente resolución— ha desembarcado por fin, en nuestro país, la indeclinable vocación redistributiva de un Estado que, lejos de estar retirándose, ha llegado para quedarse?





[1] Marcelo Arias acaba de publicar La noticia televisiva: resplandor de un discurso inquietante (Buenos Aires, Biblos, 2014).

jueves, 22 de noviembre de 2012

LA RUTINA DEL PRIVILEGIO



            Asumo que, para muchos lectores, el siguiente relato resultará escalofriante. Otros, en cambio, acaso lo encuentren más bien pintoresco. No descarto, incluso, que a algunos les provoque una profunda indiferencia. En todo caso, un aspecto no reviste discusión: del hecho que voy a referir hay, aproximadamente, una veintena de testigos. Pues bien: ninguno de ellos podrá desmentir este relato.
            En un evento empresarial al que asistió a fines de octubre, la novia de mi amigo Rafael se ganó una cena para dos personas en el Hilton Buenos Aires Hotel. Rafa es un pibe de barrio, que alquila un dos ambientes en Floresta; Luciana se dedica a la gastronomía y estudia portugués; planean casarse el año próximo. Lo cierto es que el jueves 8 de noviembre mi amigo se puso su mejor camisa, se encontró con su novia y ambos se dirigieron, contentos pero un poco intimidados, al fastuoso Hilton de Buenos Aires, que ninguno de los dos conocía.
            Mi amigo me cuenta que el salón, el mobiliario, los detalles decorativos, los platos que degustaron y la atención recibida le parecieron, francamente, excepcionales. Tal vez le provocaba cierta incomodidad, me dice, que su intento de luquearse para la ocasión (la camisita, el pantalón de vestir, algo gastado pero todavía en carrera) no había logrado estar a la altura de las circunstancias: indisimulablemente, desentonaba con la intachable elegancia de los demás concurrentes.
            Sin embargo, alrededor de las 22.30 ingresa al salón un grupo de tipos en pantalones de jeans. Rafa me comenta que, en ese momento, su novia y él se sintieron algo más distendidos. 'Parece que no somos los únicos sapos de otro pozo; esta gente es como nosotros, que no somos de acá, que no conocemos el paño.'
            Pero hay un detalle raro: los tipos saludan al camarero por su nombre de pila. Y además, para reforzar la extravagancia de la situación, estos tipos de alrededor de cuarenta años traen cacerolas bajo el brazo. De hecho, se sientan y apilan las cacerolas sobre una silla que el camarero, solícito, agrega rápidamente a la mesa.
            Repito la imagen, porque entiendo que lo merece: cacerolas apiladas sobre una silla de diseño exclusivo en el muy lujoso restaurant del Hilton Buenos Aires Hotel, cuando al 8N sólo le quedan un puñado de minutos y los movilizados ya se han desconcentrado.
            Rafael me cuenta que desespera por escuchar la charla de los comensales manifestantes. Pero está lejos (vaya si lo está….). Alcanza a reconocer las botellas de vino que, servicial, el camarero escancia, una y otra vez, en las copas de fina cristalería. Y puede ver claramente, con la llegada del plato principal, que los tipos brindan. Rafa me dice que, llegado ese punto, la distancia le juega a favor: de ningún modo querría escuchar los deseos que se formulan en voz alta en esa mesa, cuando esas manos empuñan esas copas que chocan para que, en el golpe del cristal, baile el vino que alojan botellas de cuatrocientos mangos.
            Al presenciar ese brindis, mi amigo y su novia entienden que arriban al pico máximo de su estupor. Pero se equivocan. Porque todavía los encuentra allí, disfrutando del postre, el momento en que los tipos pagan y se levantan, recogen sus cacerolas y abandonan el salón, entre risas fuertes y voces elevadas. Rafael me cuenta qué claras, qué nítidas, ahora sí, qué sencillas y contundentes y significativas le resultan las palabras con las que uno de ellos se despide, ya a punto de atravesar la puerta y con la naturalidad que brinda la rutina, al pasar por delante de la respetuosa reverencia del camarero:
            —Chau, gracias. Hasta mañana.


jueves, 2 de agosto de 2012

"CLARÍN" NO MIENTE


 
     
         Uno de los principales ingredientes de la receta democrática es la existencia de una prensa opositora. De hecho, el ejercicio de la ciudadanía se ve debilitado si la voz oficial no recibe el necesario contrapeso de voces disonantes; voces que señalen medidas de gobierno eventualmente improcedentes, que adviertan posibles rumbos esquivos de una gestión, que colaboren en la tarea de corregirlos. No obstante, en la Argentina, bajo el rótulo habilitante de “prensa opositora”, hoy se incluyen emprendimientos mediáticos a los que resulta poco atinado atribuir tan saludable designación.
Cierta idealidad reclamaría, tal vez, que el periodismo de oposición denuncie los ‘equívocos’ y reconozca los ‘aciertos’ de los funcionarios del Estado. Sin embargo, sabido es que la pretensión de idealidad conduce al desencanto; y que, en el mejor de los casos, las prensas opositoras del mundo denuncian con fervor los equívocos pero, en general, callan o minimizan los aciertos.
            Sobre este punto, hoy la Argentina ofrece un escenario vistoso, a su modo patético, del que cabría rastrear en qué medida se registran antecedentes en la prensa de otras latitudes. Por cierto, no estará aportando un gran hallazgo quien afirme que, en nuestro país, una de las principales voces disonantes la emite hoy el diario “Clarín”. No obstante, la muy rudimentaria vocación profesional que alienta por estos tiempos la actividad periodística de este matutino dificulta otorgarle el digno rótulo de “prensa opositora”. Para ello sería necesario, por lo pronto, que dicho medio gráfico —autoproclamado como “el gran diario argentino”— no reduzca su labor, de modo sistemático, a la dificultosa actividad argumentativa de presentar como un desacierto cualquier medida que adopte el actual gobierno constitucional; ni se entregue, una y otra vez, al turbio arte de responsabilizar al Ejecutivo por toda desgracia individual o tragedia colectiva que, con esmero y delectación, el diario pueda lucir en su portada.
            Quien escribe estas líneas jamás pisó una redacción. Desconoce, por ejemplo, el modo en que se resuelve el tratamiento que se le dará a los ‘datos’ sobre los que se construirá la noticia. Le consta, en todo caso —entre múltiples ejemplos que se podrían postular—, que una fría tarde de julio de 2012 en la redacción de “Clarín” se tomó conocimiento de que el gobierno nacional destinaría $ 800.000.000 para mejoras efectivas en el Ferrocarril Sarmiento; anuncio a partir del cual se iniciaría, por fin, un proyecto de obra que —históricamente reclamado por la ciudadanía— lleva décadas de sucesivas postergaciones bajo gobiernos de todos los signos políticos que condujeron este país. De hecho, hace algunos meses, cuando se produjo la llamada “tragedia de Once”, durante varios días “Clarín” demandó airadamente al gobierno nacional medidas para mejorar la calidad del servicio ferroviario.
            Sin embargo, tras tomar conocimiento de semejante anuncio por parte del Ejecutivo (y al cabo de —suponemos— alguna inefable y desopilante reunión de sus más distinguidos profesionales del periodismo independiente), “Clarín” resolvió informar, como titular de tapa, la siguiente noticia: NO CIRCULARÁ POR LA NOCHE NI LOS DOMINGOS EL TREN SARMIENTO.
            Y aquí aflora el concepto que da título a esta nota. Porque ya no se trata tanto de que “Clarín” mienta. O, en todo caso, no es eso lo más grave en este punto. 
          “Clarín” no miente. “Clarín” subestima. 
         Subestima a sus lectores; y, con ellos, a una gran parte de la sociedad argentina. ¿Podría acaso sostenerse, con un poquito de honestidad intelectual, que la decisión de informar los ‘hechos’ de esa manera no constituye poco menos que una burla?
Elocuente y lamentablemente, advertimos que la designación de “prensa opositora” le queda grande a este matutino cuyo nombre evoca ese instrumento musical de pletórica estridencia, de inevitables resonancias castrenses, de poderoso sonido que se propaga con inclemente amplificación, al amanecer, procurando interrumpir el sueño de los que —con aciertos y con equívocos, claro— se entregan diariamente a la gratificante tarea de construir una Argentina mejor. 

viernes, 1 de junio de 2012


Comprender el funcionamiento del sistema capitalista tan sólo requiere mirar con detenimiento esta fotografía. 

Ay, si esa chica tan sólo abriera un poquito los ojos.

lunes, 15 de agosto de 2011

PREDICCIONES



Publicado en "Diario Registrado", 28-7-11:

 Finalmente se cumplió la predicción. No es que la hubiera desestimado, pero confieso que no esperaba que ocurriera tan pronto. Hace pocos días, en un aula de una universidad nacional, hice mención del programa televisivo que durante años condujo el periodista Bernardo Neustadt. Lo comenté con ligereza, como quien presupone que su interlocutor conoce el paño. Sin embargo, al advertir que el promedio del curso no superaba la edad de 22 o 23, me encontré formulando en voz alta una pregunta inédita cuyo sonido no dejó de sorprenderme: “¿Saben quién fue Bernardo Neustadt?”
El bochornoso silencio en el que naufragó mi pregunta (de las mayores delicias que me regaló la vida universitaria), me hizo recordar una nota que Fito Páez publicó en Página/12 hace alrededor de 20 años. En aquella época Bernardo Neustadt (por entonces oscura estrella del firmamento periodístico argentino) no desperdiciaba ocasión para arremeter contra un Diego Maradona que, en aquellos tiempos, dentro de la cancha desparramaba felicidad y, fuera de ella, respondía sin red, ante cualquier micrófono que le pusieran, todo lo que le preguntaran. Desde luego, en aquel ataque sostenido y virulento del periodista político al jugador de fútbol relucía, consecuente, esa hostilidad que la vertiente tilinga de la clase media argentina regala a todo morocho que logre, sin despeinarse, lo que ella persigue y a veces no logra ni dejándose humillar.
Lo cierto es que, en aquella ocasión, Fito Páez anunció que no pasaría mucho tiempo sin que la turbia figura de Bernardo Neustadt cayera en el más insondable olvido. Mientras que, por el contrario, el músico rosarino pronosticaba que la memoria de Diego Maradona (la admiración, el cariño, la leyenda) perviviría atravesando generaciones.
Pintorescos paralelismos de la historia, por estos días el periodista y conductor televisivo Daniel Tognetti auguraba que, dentro de cien años, un pibe aprenderá a tocar la guitarra escuchando un tema de Fito Páez (será ¿“Sable chino”, “Instant-táneas”, “La Verónica”?); mientras que, en cambio, la memoria colectiva de Mauricio Macri a lo sumo alcanzará, en el futuro, para darle nombre a un pasaje del Barrio Parque.
El cumplimiento de la predicción de Páez ya está en curso: para Bernardo Neustadt, el futuro ya llegó. En cambio, sobre la predicción de Tognetti por el momento no podemos pronunciarnos. En todo caso, hay algo que podemos afirmar. Y que no nos quepa la menor duda: cualquier despropósito que la ciudadanía porteña cometa en el presente (como revalidar a la actual gestión, por ejemplo) , la historia lo sabrá poner en su lugar.

jueves, 30 de junio de 2011

DERECHO DE ADMISIÓN


Nota publicada en Página/12, el 30 de junio de 2011, bajo el título "Una frase perturbadora": www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-171128-2011-06-30.html
 
Las calles de Buenos Aires ya se visten de campaña. Despliegan rostros de candidatos que sonríen o permanecen serios, ofrecen consignas escuetas, manifiestan lealtades cromáticas. En medio del creciente cotillón electoral, el gobierno de la ciudad se ha estado promocionando mediante una serie de afiches que reproducen distintas tipologías de ciudadanos a los que se notifica: “VOS SOS BIENVENIDO”.
El mensaje procura ser amable. No obstante, perturba en la frase el uso del pronombre “VOS”. Más aún si tenemos en cuenta la sólida vocación discriminatoria de la que el gobierno porteño ha dado pruebas abultadas, el hecho de que se especifique que “VOS” sos bienvenido presupone la afirmación, lamentable pero elocuente, de que otros ciudadanos no lo son.
En todo caso, detrás de dicha consigna relumbra, aún más significativa, cierta concepción de la política y el poder. Porque, ¿quién cuenta con la atribución de brindar una bienvenida sino el dueño de casa? ¿Cómo es posible que, desde la circunstancial y transitoria jefatura de gobierno, se me reciba en carácter de “bienvenido”? ¿Qué vínculo promueve con la ciudadanía un gobierno que procura investirse de semejante atributo, que sitúa su locación institucional en ese espacio simbólico de privilegio?
Agradezco el cumplido, pero no lo acepto. Me resulta inadmisible que un novato y dudoso emprendimiento político como el PRO, irrespetuosa y patéticamente, se arrogue el derecho de darme la bienvenida a la ciudad en la que nací.
Será que este falso anfitrión de turbia hospitalidad, que me tutea sin haber conquistado mi confianza, no advirtió todavía que es la comunidad la que “se reserva el derecho de admisión y permanencia”. Y no al revés. Son los habitantes de Buenos Aires los genuinos anfitriones que, según dispongan, tanto pueden “dar la bienvenida” como “prohibir la entrada” al edificio de la gestión pública. Nadie sino ellos decide si un invitado puede pasar, si una vez ingresado puede allí permanecer o si cordialmente le van a pedir que se retire del establecimiento.

sábado, 30 de abril de 2011

UNA VOZ DESAFINADA

(Publicada en Página/12 el 28-04-11: www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-167147-2011-04-28.html



         “El discurso transporta y produce poder, lo refuerza pero  también lo mina, lo expone, lo torna frágil”                                                Michel Foucault 



       Si visitara este planeta un extraterrestre con inquietudes, hay dos preguntas que yo podría responderle sin decir una palabra. Si el amigo quisiera saber “¿qué es el fútbol?”, lo sentaría frente al VHS en donde conservo el partido que jugaron Francia y Brasil en el Mundial de 1986. Porque “eso” es el fútbol. Y si luego, ya que vino hasta acá, preguntara “¿qué es una novela?”, seguramente yo depositaría sobre sus manos (pongamos que tiene manos) alguna edición de La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa.

Evitaría entrar en detalles para no fatigarlo. Pero también le podría describir la fascinación que me provocó, durante mi adolescencia, la lectura de Conversación en la catedral. Le reconocería que no sé muy bien en qué consiste “la plenitud del goce estético”, pero que lo que sentí leyendo La tía Julia y el escribidor no debe andar muy lejos. Me costaría no aludir a la destreza narrativa desplegada en Pantaleón y las visitadoras, ni reivindicar la injustamente relegada Historia de Mayta. Trataría de no ponerme patético, y evitaría confesarle que mi temprana lectura de esas novelas de Vargas Llosa gravitó considerablemente en mi decisión de dedicar mis estudios, mi actual profesión y buena parte de mi vida al ámbito de las Letras.

Por eso valoro que su palabra haya nutrido de prestigio la apertura de nuestra Feria del Libro. Sin embargo, entiendo que no hay prestigio que redima del cinismo. Resulta muy legítimo que Vargas Llosa se auto-proclame liberal de pura cepa, irredento defensor de las libertades individuales. Pero cuando enfatiza una y otra vez su compromiso irrestricto con la democracia, su tenaz oposición a todo tipo de atropello, totalitarismo o dictadura, no logro impedir asquearme.

Porque, más allá de haber leído copiosamente sus novelas durante mi adolescencia, cada tanto leo lo que escribe en La Nación. Y tengo muy presente el artículo suyo que, bajo el título “El golpe de las burlas”, fue publicado en ese diario el 25/07/09, a propósito del golpe de Estado sufrido en Honduras en junio de ese año.

En ese artículo leemos: “Tal vez más que la acción realizada, a los militares hondureños haya que reprocharles el haber erigido a Zelaya en paladín de la democracia.”

Tal vez más que la acción realizada... Ajá. Bueno, no seamos maliciosos: es una simple ironía. Continuemos leyendo: “Si el comandante Hugo Chávez (…) se arroga el rol de defensor del Estado de Derecho hondureño (…) comprobamos una evidencia: que algo debía de andar podrido antes de este golpe en ese pequeño país latinoamericano.”

Así que algo andaba podrido “antes”. Bien. ¿Esto reduce, entonces, el carácter nocivo de un golpe de Estado? ¿No es de lamentar el daño que se hace a lo que ya estaba dañado (o “podrido”)? En fin. Mejor prosigamos la lectura: “Honduras estaba a punto de caer, tras de Bolivia, Nicaragua y Ecuador, en la órbita de Hugo Chávez cuando sobrevino la intervención militar.”

Caramba. ¿La maliciosa es mi lectura? ¿O en esta última interpretación de los hechos asoma ya una mirada un poquito condescendiente para con el golpe? ¿A Honduras le estaba por pasar algo “peor”, digamos? ¿El golpe, por lo tanto, al país lo salvó de “eso”?

En cualquier caso, no encontramos en absoluto la postura de quien condena de plano la intolerancia, los atropellos, las dictaduras. De hecho, la aquiescencia que en el autor despierta el accionar militar tiene concluyente manifestación en las palabras que cierran el artículo, en las que se traza un paralelismo un tanto inquietante: “la anómala situación que vive Honduras por culpa tanto de los militares que asaltaron la presidencia con nocturnidad como de las arteras maniobras de Mel Zelaya y su gurú ideológico, Hugo Chávez.”

Listo, gracias. Ya entendí. Evidentemente no era yo. ¡Por culpa tanto de unos como de otros! Una delicia de argumento. Qué sutil reflexión. ¿Por culpa tanto de los militares golpistas como del presidente constitucional? ¿No será mucho?

De todos modos, más allá de los debates suscitados por su presencia, de las confrontaciones más bien ociosas, yo celebro muy genuinamente que el Premio Nobel Mario Vargas Llosa se haya presentado en Buenos Aires. Cuanto más se amplifique el canto de su prédica pretendidamente liberal, más audible se ofrecerá también su voz desafinada, más elocuente será el confuso ruido que, toda vez que intenta aclararla, oscurece su garganta. 

miércoles, 20 de abril de 2011

CROMAÑÓN, FOLCLORE Y ROCK AND ROLL



Quienes no estamos familiarizados con la normativa penal, respecto de juicios y condenas no podemos sino pronunciarnos, en el mejor de los casos, desde una muy sesgada racionalidad, cuando no desde la emotividad más inocultable. No obstante, son muchas las voces elocuentemente desautorizadas que, en especial desde el medio televisivo y a propósito del ‘caso Cromañón’, por estas horas ponderan cuán atinada o desatinada resulta tal condena a determinado imputado, qué tan justa o injusta se presenta tal absolución.

En este sentido, esta nota no se inscribe dentro de la hoy muy extendida modalidad de juzgar el juicio. Más bien intenta repensar la indiscutible afirmación de que es, ante todo, el Estado quien debe proteger a los ciudadanos. Desde luego, difícil es no suscribir a tan republicano precepto. Sin embargo, quien haya tenido el hábito siquiera intermitente de concurrir a recitales en esta región del mundo, bien puede permitirse cuestionar el efectivo alcance de esa premisa.

Porque en un local nocturno de la Argentina en el que toca en vivo una banda de rock, si ya hubo un empresario que infringió la ley, y ya hubo inspectores y policías que aceptaron sobornos, y ya hubo en consecuencia un mal desempeño institucional, y son las cuatro de la mañana y yo estoy ahí adentro, integrando un público exaltado y excedido en número y toxinas, el Estado ya no está para cuidarme. ¿No supo, no pudo, no quiso? Como sea: no está.

Me consta que a muchos concurrentes a recitales desde fines de los 80 y durante los 90 los habita la sensación de que una tragedia de estas características bien pudo haber ocurrido antes, en otros conciertos. Pero, ¿por qué no ocurrió? ¿Tan sólo por azar? Tiendo a creer que no.

El poder que, sobre las conductas de su público, detenta desde un escenario el líder de una banda de rock es un fenómeno altamente sugestivo, por cierto que inquietante, al cual la psicología de masas ha destinado frondosa bibliografía. Sobrecoge advertir, de hecho, el modo en que un nutrido conglomerado de individuos (no sólo en un recital) puede ser manipulado según la voluntad discrecional de una única persona.

Pues bien: en decenas de ocasiones pude presenciar cómo, desde ese lugar ‘todopoderoso’, ante una eventual situación de riesgo evitable durante un espectáculo, el sagaz discernimiento de personalidades despejadas como Carlos Solari o Ricardo Mollo (por poner dos casos) siempre privilegió, aun por sobre la calidad o incluso la mera continuidad del show que estaban ofreciendo sus bandas, la vocación indeclinable de desalentar conductas que pudieran ocasionar daños físicos. Recurrentemente he visto la aplicación de ese principio, y de modo inapelable: si es necesario, se interrumpe el tema que se está tocando; si con eso no alcanza, se termina el show en ese preciso momento, y nos vamos todos a casa. El cantante recrimina desde el escenario el proceder de los que protagonizan abajo una escena de pugilato sostenida, de los que encienden pirotecnia en un lugar cerrado, del espectador confundido que, sediento de protagonismo, se sube a una columna de sonido. Y el resto de la concurrencia, siempre (pero siempre) se pliega para honrar esa recriminación.

Asistimos, en esos casos, a cierto uso provechoso de ese poder más bien irracional que otorga el carácter de ícono, aplicado en uno de los muchos contextos sociales en los que hay que resolver sobre la marcha lo que el Estado no supo, no quiso, no pudo resolver con antelación.

Abismal es la distancia que media entre aquella conciencia de lo que uno genera (y del modo en que esto puede degenerar) y la archi-probada promoción del uso de bengalas que, según han enfatizado una y otra vez los integrantes y seguidores de Callejeros, era una práctica tradicional, parte del “folclore” del rock.

¿Desde cuándo el rock se somete a un folclore, al punto de que valida una práctica por su carácter tradicional? ¿Cómo fue que adquirió este tinte conservador? ¿El rock no era acaso ruptura, innovación, rebeldía? ¿No despreciaba por principio todo tradicionalismo, a fin de construir algo nuevo, incluido un mundo en el que vivamos mejor? ¿Qué fue de aquella lúcida rebeldía fundacional, hoy aparentemente transmutada en la poco defendible y post-noventista cultura del “aguante”? ¿Cómo se pasó de la defensa de un pretendido modo de vida a la infecunda y pueril motivación de defender “los trapos”?

martes, 8 de marzo de 2011

¿VOS SABÉS CON QUIÉN ESTÁS HABLANDO?


[Publicado en "Diario Registrado" el 19-03-11: www.diarioregistrado.com/index.php?secc=nota&nid=47916&pagina=9


                                                      “Si arrastré por este mundo
                                         la vergüenza de haber sido
                                         y el dolor de ya no ser.”
                                                      Alfredo Le Pera

En una entrevista que Jorge Fontevecchia le hizo a Jorge Lanata, quien fuera referente indiscutible del periodismo argentino alude a un ‘entredicho’ que tuvo con María Julia Oliván. Leyendo la nota advierto que, una vez más, el problema de fondo son las formas: Lanata menciona que, en una entrevista, Oliván lo insultó. De movida, la problemática me desazona por superflua; me resulta más propia de un escandalete de programa de chimentos, de ésos que magnifican los ataques ponzoñosos entre dos divas de teatro de revistas. Pero no es el caso: hasta donde sé, María Julia Oliván no ha hecho teatro de revistas.

Sin embargo, entiendo que Lanata se sienta maltratado si es que efectivamente lo insultaron. Entonces leo la otra entrevista, la que motiva el conflicto. Pero parece que —y no es la primera vez— Lanata me informó mal: durante dicha entrevista, Oliván no insulta a nadie.

Perplejo, me dispongo entonces a revisar —ya que Lanata condena el modo en que Oliván se dirige a él— la manera en que, por su parte, el experimentado periodista y comediante hace referencia a la joven periodista. Y lo primero que encuentro es la apelación al triste recurso del ninguneo: "Yo leía el otro día en perfil.com a una chica que trabajó conmigo”. Aun antes de pronunciar su nombre, Lanata procura desestimar la entidad de quien fuera integrante de su equipo de trabajo, incluyéndola en el magma indiferenciado de las muchas, olvidables, prescindibles ‘chicas’ que trabajaron a su lado.

Molesto él por cómo lo tratan, sin embargo Lanata se permite disparar: “yo no me puedo poner a insultar con María Julia Oliván, que tiene que terminar el colegio”. Más allá de la falacia que cierra la frase (ésta sí genuinamente insultante), pero sobre todo agraviando especialmente a la coherencia, Lanata afirma que él no hará... lo que está haciendo. Le niega a Oliván ‘estatura profesional’ para discutir con él, mientras discute con ella.

Entonces aflora una clave para situar el malestar que, al parecer, aqueja a Jorge Lanata: hay un problema de estaturas. Mejor dicho: de jerarquías. Triste, bochornosamente, a ese talentoso profesional que alguna vez desarticuló la manera tradicional de hacer periodismo, hoy lo indigna que no se respeten las jerarquías: “es como que todo se desniveló”, explicita alarmado, grondonizado, desprovisto de la astucia o el buen gusto que sugeriría callar posición tan conservadora: “tipos que no tienen ninguna trayectoria (…) salen e insultan a otros. Y todo da igual.”

A ver si nos entendemos: 678 no tiene nada que ver con Goebbels. Ni por asomo. Postular dicha homologación es un atentado a la inteligencia. Una elocuente muestra de ignorancia histórica, enunciada sin otra motivación visible que la de confundir giles o lograr que Jorge Rial nos invite a su programa.

En cambio, alarmarse porque “todo se desniveló”, escandalizarse porque “todo da igual”, abominar ‘la mezcla’ y el hecho ‘bochornoso’ de que cualquiera discute con cualquiera, eso sí tiene mucho que ver con el imaginario jerárquico-estamental que la última dictadura quiso imponer en la Argentina. Imaginario a partir del cual había que poner ‘cada cosa en su lugar’.

Hubo un tiempo en que Jorge Lanata no tenía que explicar lo que había dicho. Su palabra se bastaba a sí misma, ‘se la bancaba’ de un modo que muchos admiramos. Hoy, en cambio, Lanata le explica a Fontevecchia: “Cuando yo le digo a este Gobierno: ‘Basta de joder con la dictadura’, ¿qué es lo que quiero decir? Alguien que acaba de llegar al país y no me conoce podría pensar cualquier cosa. Ahora, una persona que me haya visto cinco segundos, no puede confundirse.”

¿Quiere decir que, ante cada declaración de Lanata, voy a tener que repasar su trayectoria? ¿Por qué es necesario que lo conozca para entender / valorar / no malinterpretar lo que dice? ¿Tan débil se ha vuelto su palabra? Sus declaraciones sobre la posición del gobierno nacional en referencia a la dictadura fueron muy desafortunadas. Indefendibles.
(Personalmente, el 20-10-10 manifesté mi opinión al respecto en Página/12: 

Oscar Wilde afirmaba que “experiencia es el nombre que muchos dan a sus errores.” Felizmente no es el caso de Jorge Lanata, cuya trayectoria periodística registra muy saludables aciertos. Sin embargo, cuando un tipo empieza a esgrimir su trayectoria para legitimarse, cuando apela al relato de lo que hizo en el pasado para validar su presente, uno puede permitirse sospechar que lo hace, quizás, porque vislumbra en el horizonte el ocaso profesional del que yo querría que Lanata estuviera lejano, y que el tango —cuándo no— expresó mejor que nadie: “Ahora, cuesta abajo en mi rodada / las ilusiones pasadas / no me las puedo arrancar. / Sueño con el pasado que añoro, / el tiempo viejo que lloro / y que nunca volverá.”

Cuánto desearía yo que esta sospecha se viera desmentida. Pero con argumentos, por favor. No con charreteras ni trofeos polvorientos.